Mundiales con olor a pólvora

Por Edgard E. Murillo

Gracias a un abogado y árbitro de fútbol francés llamado Jules Rimet, cada cuatro años al mundo le da por patear una pelota. Como tercer presidente de la FIFA, Rimet internacionalizó el deporte del gol, organizando durante su administración cinco copas del mundo, mérito por el que estuvo a punto de ser galardonado con el Premio Nobel de la Paz, pero la muerte lo alcanzó en 1956 a los 83 años de edad.

La Copa Mundial de Fútbol es considerado el evento planetario por excelencia, más importante incluso que los mismos Juegos Olímpicos. La sencillez del deporte, que requiere únicamente de una pelota, ha posibilitado su universalización, penetrando en las emociones más solidarias de las personas, en un transitar que abarca varias generaciones. Desde que se instauró la celebración de la Copa del Mundo solamente se ha interrumpido dos veces, ambas cuando Europa caía a merced de la Segunda Guerra Mundial. Luego, a pesar de los conflictos armados y las crisis, que nunca dejan de ser un azote que fractura economías y aberra a la humanidad, las copas futboleras se han desarrollado con cierta normalidad, lo que no ha impedido que algunos países hayan llevado sus “traidos” hasta el campo de juego, como sucedió el 22 de junio de 1986 en el Estadio Azteca, cuando la Argentina vencida en las Malvinas se enfrentó con la escuadra inglesa, convirtiéndose en uno de los juegos más memorables de la historia de los Mundiales.

Los nicaragüenses hemos vivido tres Copas del Mundo en ambientes de guerra y crisis. La primera fue en 1982, cuando la guadaña de la muerte se pavoneaba en las montañas del norte del país. Yo sufrí esa Copa del Mundo porque el televisor de mi casa estaba dando problemas; de repente se apagaba y había que darle un golpe en la “la espalda” con la mano o con el zapato para reanimarlo, y como se comprende, no se podía ver decentemente un juego de esa manera. En vista que el torneo se efectuó en España, los juegos los pasaban por la mañana, cuando yo estaba en clases, así que tenía que consolarme con las retransmisiones, aguantando los comentarios de nuestros cronistas deportivos (que siempre han sido pésimos, salvo honrosas excepciones). Recuerdo que para no perderme los detalles de algún juego importante, iba donde mis amigas Pineda a dos cuadras de mi casa, allí doña Sara me dejaba ver la tele a mis anchas, con Coca Cola y pan de acompañamiento. Para entonces no había la fiebre futbolera de ahora, todavía el béisbol era el deporte rey y a los amantes del fútbol se nos veía con pesar, como si portáramos el dengue o la conjuntivitis, enfermedades de reciente aparición. Pero aparte de los defectos en la transmisión del satélite y del estado del televisor Elca blanco y negro de mi casa, España 82 me trajo dos decepciones terribles. La primera de ellas fue la descalificación de Brasil ante un verdugo azul de nombre Paolo Rossi. Brasil contaba con la mejor selección de su historia, pero cuando los planetas dicen que no, nel pastel. La otra decepción fue que la campeona Argentina la pusieron de patitas en la calle en la segunda fase, con todo y su emergente estrella, un chaparro malcriado que llevaba por nombre Diego Armando. De lo demás recuerdo poco; a mis quince años la vida también me ofrecía otras distracciones, y como dije arriba, empezaba Nicaragua a configurarse como un país en tiempos de guerra, en medio de una revolución que reclamaba la participación de la juventud en muchas tareas, cuya evitación era casi imposible.

El segundo Mundial bajo fuego fue el de México de 1986. Desde un año antes los EE.UU habían decretado el bloqueo económico y comercial en contra de nuestro país, pero por alguna sensata razón el monopolio estatal de la televisión garantizó la transmisión de casi todos los partidos. Yo estaba en el servicio militar, y si vi casi todos los partidos de mi interés fue porque en el mes de junio me encontraba en la Unidad Disciplinaria del Ejército cumpliendo una pequeña sanción, pues de chavalo no fui muy bien portado que digamos. Debió ser un ángel el jefe militar que permitió ubicar un televisor de veinte pulgadas al fondo de un auditorio de piso abrillantado donde nos congregábamos más de cincuenta “sancionados” en espera de milagros y gritos de felicidad. Ese fue el año más duro de la guerra pero también fue el año del mejor gol del siglo. Revivo en mi mente el ambiente de ese domingo y todavía se me acelera el corazón. Los argentinos, dolidos por la humillación de las Malvinas, iban por el desquite, esta vez en el campo de juego (En España 82, ingleses y argentinos no se vieron las caras, gracias a Dios). Yo estaba sentado en el piso, enjugándome las lágrimas por la eliminación de Brasil el día anterior (maldito Michel Platini) y Argentina era nuestra última esperanza continental. La historia de ese domingo 22 de junio la sabemos: Diego, en un brinco rarísimo dentro del área inglesa, alega que quien tocó la bola con la mano fue el mismísimo Dios. Los ingleses patalean y los que odian al Pibe le pronostican hasta de lo que se va a morir. Pero luego viene la magia, que digo, el ensueño. Arranca Diego desde su propia área, y con ademanes estilizados de un Rudolf Nuréyev, pausado, ensimismado y mortífero, supera a seis ingleses, en la cuenta el portero Peter Shilton. Fue una locura total, ¡Cuando cayó ese gol de filigrana, gritamos como por tres minutos! Argentina clasificó a semifinales y fue la campeona del mundo. Esa mañana, a pesar de la guerra que desangraba a Nicaragua, tuvimos una porción grande de felicidad.

Cuatro años después se celebró la Copa del Mundo en Italia. Nuevamente, quien sabe por qué, no todos los juegos fueron transmitidos por televisión. La guerra a balazos había terminado en las montañas, pero en las ciudades, principalmente en Managua, habían tranques y barricadas por todos lados. Transcurría la segunda asonada en contra del gobierno de Violeta Barrios. Las asonadas para entonces eran muy peligrosas porque millares de civiles poseían armas de guerra y no estaban dispuestas a entregarlas (Un año después las vendieron por US$ 500 a las brigadas de desarme). Entonces, en medio de aquel olor a chamusquina, recibimos la Copa de Italia 90 con la esperanza que el país se normalizara pronto y que ganara Brasil. Pero todavía estaba el factor Maradona. Lo peor que puede pasar a los amantes del fútbol en Latinoamérica es ver eliminarse a Brasil y Argentina entre sí. Y eso pasó la mañana del domingo 24 de junio en el estadio de Turín. Ya me he referido otras veces a este episodio y no quiero repetirlo. Solo diré que debido a la crisis, ese partido no fue televisado por los canales nacionales, por lo que tuve que buscar un local que tuviera antena parabólica. Alguien me sopló que en el Club de Jóvenes, contiguo a Radio Ya, pasarían el juego, así que caminé cinco kilómetros atravesando zanjas y barricadas hasta llegar al lugar. Esa mañana, en compañía de mi amigo y cuñado Julio, vi cómo un desgraciado llamado Claudio Caniggia se coló para eliminar al Brasil de Dunga y Careca. Las dos cervezas que me bebí me hicieron daño. Julio me dijo: “Este año fue horrible, primero perdimos las elecciones y ahora perdió Brasil”. En verdad, fue un día para borrar de la memoria.

La próxima semana inicia otra Copa del Mundo, esta vez en la lejana Rusia. Por esas jugadas macabras del destino, Nicaragua de nuevo está cubierta bajo el manto del dolor, la pólvora y el luto. Han pasado 28 años desde aquel Mundial de Italia cuando regresé caminando a mi casa sorteando escombros, lamentando la eliminación de mi equipo favorito y la historia se repite. Jamás imaginé que volvería a vivir otra copa en condiciones de crisis, asonadas o guerras fratricidas.  Me da vergüenza.

El fútbol ha servido de calmante y terapia para sobrellevar nuestras desventuras como país. De alguna manera nos ha relajado y ha permitido que nos acerquemos y disfrutemos de una alegría sana que rebasa las diferencias artificiales que nos hemos impuesto, una alegría que seguramente tomó en cuenta Jules Rimet al pergeñar la idea de organizar los Mundiales con el propósito de apuntalar los vínculos de fraternidad entre los seres humanos.

Quiero ser optimista. Quiero pensar y creer que este Mundial traerá efectos positivos para los nicaragüenses. No debería caber en nosotros la idea de que nuestros hijos y las futuras generaciones repitan la historia de gozar de una fiesta universal en un ambiente de tristeza y dolor, como el que viví en mi adolescencia y primera juventud. Por el fútbol y la paz, que así sea.

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3 comentarios en “Mundiales con olor a pólvora

  1. Hola Edgar me hiciste recordar esa epoca Dorada de los mundiales Futbol. Muy lindo recuerdos de equipos como Brasil Argentina Italia
    etc. Como dices tu en unas condiciones muy dificiles para nuestra Nicaragua. DIOS nos Proteja a todos.

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