Contando estrellas

Por Edgard E. Murillo

Salgo a respirar el aire de la noche en busca de equilibrio interior. Las estrellas, errantes y autosuficientes, esquivan las nubosidades que se deslizan hacia el suroeste, en la inmensidad colosal que nos cohíbe. Ya el filósofo advertía que solo hay dos cosas de verdadera admiración: el cielo estrellado y la ley moral que debe existir dentro de nosotros. —Filosofía, ay, una especie de poesía sin la culpa de la pedantería. Aspiro profundo, como si también quisiera llevar las nubes a mis pulmones, y dejo salir el aire lentamente, en una mezcla de resignación y complicidad. Veo alrededor. Los árboles hacen su ruido promiscuo de hojas mecidas, unas encimas de las otras, en oleadas descaradas, que pronto parecen arrullos frenéticos o lamentos de consuelo. La noche tiene sus maneras, cuyas fórmulas conocen solamente los profetas, las luciérnagas y los condenados de amor. Pero yo insisto en conocerla, al menos intuir sus secretos. Escucho los grillos machos en su competencia para atraer las mejores hembras, una motocicleta ruge despavorida en la hondonada, un ladrido de mero trámite se ahoga en la lejanía y un perrozompopo machaca su peculiar canto. A propósito: antes estos animalitos no cantaban. No tengo registro en la memoria de que hayan sido capaces de tales habilidades. Una prima lejana de mi madre dijo en una fiesta de Noche Vieja que los perrozompopos los habían traído de Cuba. Todos reímos. Julián, el vecino autoinvitado, dijo: Sí, en paracaídas. La carcajada no se hizo esperar. Talvez mi tía lejana tenga razón, quien sabe. Hay cosas que nunca sabremos, como los nombres de los autores intelectuales del asesinato de JFK. Y ya que surge la figura de Kennedy, suena en mi cabeza la canción Telstar, de los Ventures, y la intro de la serie de televisión Dimensión Desconocida. Esto me hace ver nuevamente el cielo. Atisbo un lucero grande, a cuatro dedos de la luna con dirección sur. El brillo, alargado e intenso, puede que se trate de dos estrellas superpuestas, pero sospecho que estoy observando la Estación Espacial Internacional (EEI). Me pregunto si los astronautas están viendo para abajo con curiosa adivinación si alguien está viendo para arriba. Levanto una mano a guisa de saludo (para ver si me ven desde la escotilla inferior) pero la bajo inmediatamente; no vaya a ser que algún transeúnte me vea, creyéndome loco, aunque en mi defensa podría argüir que estaba saludando a Dios o a alguno de sus delegados plenipotenciarios, conocidos en el argot celestial como ángeles de la guarda. Me dan ganas de acostarme sobre la grama para contar las estrellas, como lo hacía de niño, pero mejor dejo la tarea para el fin de semana. Recuerdo que siempre llegaba hasta la 149, ni una más, ni una menos. Estoy seguro que no pasaba de esa cantidad debido a que los satélites me sacaban de concentración. Era enojoso reiniciar el conteo, más cuando me parecía que estaba repitiendo las estrellas, porque las muy condenadas se parecen bastante entre sí. Para evitar caer en errores empezaba de derecha a izquierda en orden ascendente, pero que va, siempre me quedaba en la 149. Abandoné esa práctica masoquista el día que cumplí dieciséis años, probablemente por razones de cambio de piel. Ahora, muchos años después, trataré de continuar el conteo, no para satisfacer una curiosidad imposible, sino para superar el umbral de las 149. Esta vez empezaré de izquierda a derecha en sentido descendente, o mejor aún, en espiral, tomando como eje lo que yo supongo es la EEI. Si fracaso en la intentona, me veré obligado a investigar la procedencia, cubana o transmundana, de nuestros amigos los perrozompopos. De seguro será tarea menos complicada.

 

 

 

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3 comentarios en “Contando estrellas

  1. Muy bueno, aunque noto un asomo de tristeza amigo. Ánimo!! Yo también me he estado sintiendo así.. Pero como dicen al mal tiempo… Creo que la respuesta de los perros zompopos es que vinieron en los 80 y 90. Una teoría que oi no se donde es que vinieron de los barcos soviéticos que traían mercaderia. Otra fue que los trajo el gobierno revolucionario para combatir los zancudos. Son africanos, porque no se si vos te acordas de los criollos, eran negros con cabeza roja o anaranjada y había otros que eran grises.A esos les decíamos escurpiones. Pero los perrozompos nuestros eran mas grandes que estos, muy oscuros sin dejar de ser grises, cabezones y con ojos rojos. Mi abuela decía que eran venenosos, a mi me daban miedo.Mi teoría es que estos africanos acabaron con los nuestros, como las tilapias con los guapotes.Saludos amigo.

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