Don Salomón se va al cielo

Por Edgard E. Murillo

El día de San Jorge, a la hora de la radionovela del mediodía, don Salomón, paciente de neumonía y abuelo materno de Hildebrando Ocaña, entró en agonía. Su hija Doris Leonor escurría una olla de frijoles cuando escuchó un lamento profundo; al principio pensó que se trataba de voces provenientes de la radionovela, pero al acercarse a su padre advirtió el cambio de respiración que los moribundos utilizan para emprender el último viaje.  La mujer dejó caer la olla y gritó a Hildebrando, hijo, tu abuelo se nos va. Sigue leyendo

Los visitantes del planeta cuadrado

Por Edgard E. Murillo

En el tentáculo más sobresaliente de la última galaxia había un mundo cuadrado con dos lunas que giraban de forma desordenada. A veces las lunas amenazaban con desprenderse de la órbita porque cada vez que pasaban por las esquinas del astro sufrían alteraciones gravitacionales, ocasionando alejamientos y acercamientos repentinos.

Los únicos seres de ese singular planeta tenían las extremidades inferiores recubiertas de piel, sin pelaje y con un gonce a medio camino para facilitar la locomoción. Poseían además un aparato reproductor camaleónico, oblongo y retráctil, que parecía tener vida propia. El tórax estaba ocupado por una suerte de muralla con escamas, y los ojos, redondos e inexpresivos, jamás se cerraban, ni siquiera con la muerte. Sigue leyendo

Alfredo, el viajero

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Por Edgard E. Murillo

Sin repensarlo Alfredo se dio cuenta que estaba muerto desde que abrió los ojos. Habitaba en él una sensación similar al abandono, carente de centro de gravedad, diferente al sueño o al éxtasis sensual. Siempre le había perturbado la idea de cómo sería la muerte y ahora estaba ahí, ávido y solo, sin más cuestionamientos que la propia perplejidad. Lo cegó un resplandor, pero en lugar de caminar hacia él como dispone la leyenda urbana, hizo un rodeo para adentrarse en una escena cada vez más espaciosa, blanquísima, donde apenas se dejaba ver el piso para no perder el paso. Sigue leyendo

El secreto de Simonetta

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Por Edgard E. Murillo

Así como todos tenemos secretos más o menos inconfesables, no porque sean desvergonzados sino porque su revelación doblegaría nuestra imagen pública, contamos además con algunas virtudes escondidas que por alguna razón preferimos dejar en el anonimato. El balance entre lo que aparentamos y ocultamos arroja nuestra personalidad exacta, la que tenemos que matizar para ver si engañamos a San Pedro el día que nos vayamos al otro barrio.

Estuve tentado a narrar mis secretos, pero esta faena se la dejo a mis biógrafos, caso que lleguen a existir; en cambio, el único secreto de Simonetta, ese sí, ese sí merece ser contado, y si lo hago ahora es porque es tan insólito que nadie lo creería, y por la misma razón ella ni siquiera ha intentado censurar mi lengua para que no lo divulgue.

Sin ánimos de entrar en detalles inoportunos, diré que Simonetta es alta, delicada de maneras y amigable con el medio ambiente, pues ella ornamenta el lugar donde esté. Le gusta caminar descalza sobre la playa, también leer las líneas de las manos y tomar café sin azúcar siempre a la misma hora. En otra vida, según me dijo, había sido coleccionista de mariposas y marchante de arte; de ahí su afición por pintar amplios espacios azules con aleteos monocromáticos. Sigue leyendo

La fuga de Agnette

Por Edgard E. Murillo

Sobre el pasillo lúgubre presurosa camina Agnette. Lleva a flor de labios avemarías, jaculatorias y carmín. Sudorosa, tiembla de ansiedad, como si fuese a presenciar el estreno de una película donde ella debuta como actriz estelar. Vuelve la mirada hacia el zócalo cubierto de hojas que se desparraman sobre los escalones que bajan a un rellano empedrado, donde se detiene a tomar aire y reprimir los sollozos. ¡Qué bello este lugar! Sigue leyendo

Cuarto de lavandería

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Por Edgard E. Murillo

Al Poniente de la ciudad, en un llano pedregoso donde parecía que nunca llegarían a crecer árboles de mediano tamaño, se encuentra el Convento de Santa Teresa. Construido a mediados del siglo pasado, fue uno de los referentes arquitectónicos más sobresalientes de la Vieja Managua. Además de las internas,  por allí pasaron más de cuatrocientos alumnos de ambos sexos. Durante lo que podríamos llamar la “edad de oro” del convento, todo el segundo piso y la sección de la planta baja que colindaba con la capilla lo ocupaban los dormitorios de las novicias; el tercero estaba destinado a los talleres de corte y confección, aunque después del terremoto quedó abandonado debido a fallas en el sistema de drenaje. La forma rectangular del edificio permitió que en su interior se levantara una fuente donde caimanes de cemento brotaban eternamente agua de sus narices. Arriba, en el último y cuarto piso, cortado por un balcón de madera, sobre el estrecho pasillo de mosaicos, se llegaba a una puerta doble con ventanas de vidrio. Allí estuvo, por muchos años, el cuarto de lavandería. Sigue leyendo

Lo que Keyla se llevó

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Por Edgard E. Murillo

Esa noche cayó la primera lluvia fuerte. La escorrentía había lengüeteado las calles tornándolas brillantes y acaso por esa razón podría decirse que el cielo no estaba del todo oscuro. En un callejón que daba a un estacionamiento, tras una valla metálica, sobresalía la casa donde Keyla había citado a Bruno con tres días de anticipación.

Bruno Castillo arribó a las seis menos diez en su Tercel del 98 y corrió hasta el porche porque aun lloviznaba. Después de secarse la cabeza con una toalla que le había pasado Keyla, el hombre deambuló unos minutos por la sala, viendo a través de las ventanas y anunciando que la noche prometía estar metida en agua y de otras cosas. Keyla lo besó. Sigue leyendo

Prebiografía

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Por Edgard E. Murillo

Un hombre lloraba bajo la luna de febrero. Lloraba como suelen hacerlo los que han perdido algo, sin sosiego ni paz. Estaba frente al mar, íngrimo y desolado. Una sirena que se escamaba la línea del bikini, al oír los lamentos, subió a las olas para condolerse del infortunado. Ella empezó a cantar y su canto diluyó la congoja de aquél. El hombre siguió la lírica, y si aún lloraba, sus lágrimas ya no eran de infelicidad. Los cantos se fundieron, constituyéndose uno solo, con el ímpetu que únicamente la nostalgia y el placer pueden proporcionar. Sin que se diesen cuenta, la melodía de los anhelos enamorados fue acogida por una concha marina. Tiempo después, una mujer que caminaba por la playa recogió la concha, se la pegó al oído y escuchó aquella canción. No pudo resistir la tentación de compartirla con su pareja, y como ésta también se conmovió, se amaron sobre la playa con reiterada pasión. Y de esa unión nací yo.

 

 

 

Una tarde de cuidado

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Por: Edgard E. Murillo

Ese viernes hizo un calor infernal, parecía que las emanaciones del centro de la Tierra habían subido por veredas endemoniadas. El plástico resentía las altas temperaturas, el hielo se derretía en cuestión de segundos, ni una hoja se movía por la ausencia de viento.

Desde el mediodía había asumido la idea de buscar un lugar donde las cervezas estuviesen bajo cero, y ¡Eureka!, recibí la llamada de mi amigo Chepe Chú adelantándose que quería contarme “lo más pronto posible” de las sospechas que tenía de su mujer, la cual según él, no andaba con otro, sino con otra, y de paso ofrecerme su casa en el mar para pasar un fin de semana. Sigue leyendo

Tres minicuentos del espacio impúdico

Por Edgard E. Murillo

 MUNDO RESPETABLE

Al fondo del universo, tras la línea divisoria que separa lo que empezó una vez y lo que acaso será, existe un planeta, posiblemente de algún mundo reacio, donde habitan las almas de las mujeres de dudosa reputación. En fecha calculada en términos de luz, cuando el cosmos conocido llegue a ese planeta extraviado, las  almas de las mujeres de dudosa reputación serán liberadas y se fusionarán en número atómico con los cuerpos de las inmaculadas habidas y por haber; de esa manera, por fin, el espacio y el tiempo serán cosa menos complicada, y los prejuicios mutarán en leyendas y mitos agradablemente aceptados, por capricho universal. Sigue leyendo