Creer o no creer, esa no es la cuestión

 

Por Edgard E. Murillo

La tradición procesional de las fiestas patronales de Managua, con todo lo que le es propio o subordinado, ajeno o intrínseco, como son los negritos embadurnados de aceite negro, las bandas chicheras y el guaro embrutecedor, me ponen a pensar acerca de la conveniencia de la existencia de Dios y el desenlace de esas prácticas de jolgorio y fe, no solo en Nicaragua, sino en todo el mundo cristiano. Tomo el ejemplo de Santo Domingo, no porque sea mejor o peor que otras celebraciones, sino porque nuestros temores y dudas existenciales, valga la perogrullada, se repiten de generación en generación, diluyéndose, transformándose o sustituyéndose por otras prácticas que tienen como propósito el alivio de nuestras penas por el paso en el tercer planeta del Sistema Solar. Entonces es cuando veo al Káiser, mi perro más joven, y me pregunto ¿Será dicha o tuerce que los animales no profesen alguna religión? ¿Será que ellos sí conocen la felicidad porque no se preguntan si hay vida después de la muerte? Me río de estas preguntas y encuentro el consuelo en mis pensamientos. Pienso, luego existo, como dijo el filósofo; en cambio el káiser, existe aunque no tenga capacidad de pensar. Sigue leyendo

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Esta entrada es a propósito

Por Edgard E. Murillo

Cuando el calor del verano uniforma el cielo, y todo cuanto está debajo de él, pienso en cosas que no suelo pensar de ordinario: que si se detiene de repente la Tierra nos jodemos todos; que si las estrellas no sean más que luciérnagas gigantes que Dios utiliza para reírse de nosotros; que si a lo mejor ya he muerto varias veces, porque nadie sabe lo que es morirse. Cosas así. Son pensamientos fugaces pero recurrentes durante los meses de marzo y abril. Sigue leyendo

Los recuerdos no siempre recuerdan

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Por Edgard E. Murillo

En materia de confidencias no siempre recuerdo con quién y hasta dónde suelto la cuerda, por eso son muchos los que saben de mí y poco lo que sé de los demás, algo que no me inquieta demasiado, pues espero que estos tengan mala memoria o que la vida les haya arrugado la cabeza de tantas visiones y sueños logrados o truncados hasta confundir mi persona con un lejano pariente o alguien repasado en alguna conversación casual. Sin embargo, como explican los siguientes ejemplos, el tiempo produce efectos caprichosos que pueden desembocar en olvidos inexactos o recuerdos insospechados. Sigue leyendo

¿Inmortal? No, gracias

Por Edgard E. Murillo

Hoy por la mañana lo primero que pensé al abrir los ojos fue que a la eternidad se le antoja manifestarse de diferentes maneras, pero por muy breves momentos. Puede ser capturada en un inesperado suspiro, en el trinar de un pájaro dominguero, en el olor a tierra mojada e incluso en cosas que nada tienen que ver con el tiempo, porque si uno piensa en medidas temporales la sensación de continuidad ad perpetuam se descalabra y degenera en asunto de efímera existencia. No vaya a creerse, sin embargo, que las eternidades surgen cuando uno quiere. A veces ni siquiera nos damos cuenta. Suele ocurrir que un instante perpetuo se nos escurra de las manos cuando creíamos tenerlo de los pelos y no hay cosa más difícil que recuperarlo o que se repita con solo anhelarlo. Convertirse en cazadores de eternidades es lo más tenaz de este mundo.  Sigue leyendo

Del agua surge el amor

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Por Edgard E. Murillo

La mujer asienta sus pies con prudencia sobre la arena y los guijarros; el hombre avanza un paso atrás observando la rabadilla de su acompañante que se sumerge lentamente en la laguna. Cuando están cubiertos hasta el cuello, ambos se observan a los ojos manteniendo una sonrisa que dice más cosas que las que pudieran decir las palabras. Se acercan, rozan sus pies y se besan, primero lentamente, después con la intensidad palpitante de la cercanía. En una movida audaz, la mujer rodea con sus piernas al hombre y éste la empuja hacia arriba aprovechando la ligereza de los cuerpos bajo el agua. Y de nuevo las miradas cómplices y las piernas que se trenzan, como si se tratase de dos frentes de batalla: la fragua de los besos en la superficie y el ejercicio de las caderas en la privacidad subacuática. El amor, acuoso y confabulado, se abre paso sin pudor. Sigue leyendo

De muchacho a señor

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Por Edgard E. Murillo

La vida pasa demasiado rápido, y adquiere velocidad, sabrá Dios por qué, en la medida que vamos acumulando años. Seguramente esto sea un asunto de perspectiva. Al ampliarse el horizonte vital como que el tiempo se dilata o difumina, superponiéndose nombres, eventos, lugares y personas. De ahí que los niños midan su tiempo en días y los adultos en años.

Cuando era impúber me preguntaba qué es lo que pensaba don José, el anciano carpintero del callejón, cuando sonreía sentado en una silla mecedora en el porche de su casa, cobijado por las hojas tricolores del almendro que infiltraban el resplandor de las tres de la tarde. Yo bromeaba: “Seguramente se está acordando de todas sus bandidencias”. No había otra cosa qué suponer porque loco no estaba. Entonces yo ni imaginaba que cumpliría los cuarenta años, eso era tan remoto como que algún día tendría un teléfono-computadora que alcanzara en la bolsa de mi camisa. Sigue leyendo

Titulares

Front pages from newspapers around the world after Donald Trump becomes the President of the United States

Por Edgard E. Murillo

Cansado estoy de ver, leer y escuchar las mismas noticias en todas las épocas. Ya nada parece asombrarme; como que los tiempos de las extrañezas y las noticias de arrebato fueran cosas del pasado. Que estalló una guerra tribal en el Medio Oriente, que un político mutó de pellejo partidario o que una miss universo erró en la ubicación geográfica de un país, son variaciones de una misma melodía. Lo predecible por lo repetitivo. Por eso cada vez leo menos los diarios para informarme; no porque prefiera hacerlo por medio de la televisión, o por conducto del periodismo flash de las redes sociales, sino porque las noticias, en su mayoría, se me antojan aguadas, cansinas y hartamente sabidas, como monas vestidas de seda. La única noticia que me agarró fuera de base en los últimos tiempos fue la renuncia de Benedicto XVI. Antes y después de eso, nada. Ni siquiera la visita de Obama a Cuba me desacomodó de la butaca. Sigue leyendo

Mis palabras desconocidas

Por Edgard E. Murillo

¿Alguien recuerda cuál fue la primera palabra que buscó en el diccionario? ¿Habrá sido pastizal, dintel, augurio, neumonía? Imposible saberlo. Cuando me encuentro con una palabra que por más que quiera no logro entender, antes que descienda la curiosidad por su significado, entro a Google, la escribo en la barra de búsqueda, hago click y tres segundos más tarde aparecen las opciones de respuesta. Si la palabra satisfecha es de las que engancha, es muy posible que no la olvide. ¡Bendito Google y demás buscadores! ¡Cuántas angustias me hubiese ahorrado el internet de haber existido cuando mis huesos no habían dejado de crecer! Sigue leyendo

Pink Floyd y el pulso del turco Iván

 

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Por Edgard E. Murillo

Hace muchos años hubo un radionoticiero vespertino que tenía por viñeta de presentación una canción que parecía una anti-canción. Las primeras notas me atrapaban por completo. Seguido de la alarma de un reloj despertador, caían los golpes continuos de un bombo que simulaba los latidos del corazón, lo que me producía una ansiedad que rozaba un gozo casi místico. Cuando el radionoticiero pasó a transmitirse por la noche, yo seguí escuchándolo, más por mi afición al intro que por el contenido del programa. Gracias a un casete que me regalaron el día que cumplí quince o dieciséis, supe que la canción se llamaba Time y que pertenecía a Pink Floyd, una banda que con el paso de los años me enseñaría más filosofía que el pesimismo de Schopenhauer. Sigue leyendo

La risa y el encogimiento de la cola

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Por Edgard E. Murillo

Ayer por la tarde mientras estaba rellenando un agujero ocasionado por las lluvias resbalé y caí sentado de sopetón. Pensé: “Si he tenido cola me la jodo”. Entonces imaginé cómo seríamos con cola, cómo la llevaríamos en nuestro andar, en fin, cómo sería la cola de Perla o de Elizabeth ¿La andaríamos enrollada o la mostraríamos a través de una bragueta trasera de nuestros pantalones o faldas? La aventura imaginativa me llevó a los adornos de la cola en épocas de verano o de navidad. Dudé si nuestras colas serían completamente lampiñas o con un pequeño mechón de pelo en la punta, como la de los leones. Recordé que en la escuela nos dijeron que nuestros ancestros perdieron la cola al bajar de los árboles ya que no la utilizarían más para columpiarse de rama en rama. Esa explicación jamás me convenció.
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