Cuando la inmortalidad se vistió de sargento

Por Edgard E. Murillo

De vez en cuando, con la sola pretensión de brindarle regocijo a mi alma, imagino estar presente en algunos eventos de entretenimiento que me hubiesen gustado vivir, por ejemplo, estar en el Yankee Stadium la noche que Reggie Jackson le metió tres jonrones a los Dodgers, o presenciar la final de la Copa del Mundo en México, en la que Pelé y Rivelino le dijeron con permiso a los azzurri. Me he visto en Woodstook, salpicado de lodo, en aquellos tres días de música, paz y amor, y también he admirado, desde un engramado húmedo tras una baranda, el despegue épico del gigantesco cohete Saturno V llevando los hombres a la luna. Son momentos que si tuviese un carro como el de Marty McFly, viajaría al pasado, no una, sino varias veces para re-vivirlos con absoluta felicidad. Sigue leyendo

Pink Floyd y el pulso del turco Iván

 

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Por Edgard E. Murillo

Hace muchos años hubo un radionoticiero vespertino que tenía por viñeta de presentación una canción que parecía una anti-canción. Las primeras notas me atrapaban por completo. Seguido de la alarma de un reloj despertador, caían los golpes continuos de un bombo que simulaba los latidos del corazón, lo que me producía una ansiedad que rozaba un gozo casi místico. Cuando el radionoticiero pasó a transmitirse por la noche, yo seguí escuchándolo, más por mi afición al intro que por el contenido del programa. Gracias a un casete que me regalaron el día que cumplí quince o dieciséis, supe que la canción se llamaba Time y que pertenecía a Pink Floyd, una banda que con el paso de los años me enseñaría más filosofía que el pesimismo de Schopenhauer. Sigue leyendo

Mi banda sonora

Por Edgard E. Murillo

Un día me puse a pensar en el soundtrack de mi vida, es decir, de aquellas canciones ligadas a eventos o situaciones dignas de recordación en cada una de mis edades. Tomé un lápiz y escribí rápidamente. Lo hice de una manera automática, fluida y de sopetón. Quise respetar el formato de las catorce canciones que contenían los LP para no hacer la lista muy extensa. Espero tengan la paciencia de leer cada comentario y ver cada video tanto como la tuve yo para vivir cada una de las canciones. Sigue leyendo

El visitante del Delta Blues

Por Edgard E. Murillo

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El cruce entre la autopista 61 con la 49 en Clarksdale, Mississippi, es el lugar que los amantes del blues y los seguidores de leyendas quisieran conocer. Fue allí mismo, en una noche sin Luna, donde el atormentado Robert Johnson vendió su alma al diablo a cambio de tocar el blues como ningún mortal lo había hecho jamás.

Dos pasiones arrebatadas tuvo Robert Johnson: el blues y las mujeres; la primera de ellas le dio el sentido de la existencia, en tanto la segunda le llevó de la mano hacia un final que bien pudo ser alguna de sus canciones. Habría sido un pescador de aguas mansas, o un dedicado cortador de algodón en las planicies del Sur, como lo habían sido sus abuelos esclavos, pero nada lo sedujo más que cantar y tocar la guitarra. Durante su infancia llevó el apellido Spencer hasta que su madre le contó que su verdadero padre había sido Noah Johnson, un disoluto amante que había desaparecido como si nada, por lo que a partir de entonces  Robert cambió el apellido y decidió buscar a su padre para conocerlo. Sigue leyendo

Música fechada

Por Edgard E. Murillo

Sin la música la vida no tendría sentido, fuera hueca y solemnemente aburrida, incluso peligrosa; el maestro Tchaikovski dijo que si no fuera por la música habría más razones para volverse loco.  La música es connatural al género humano, me atrevería a decir que seguramente jugó un papel decisivo en el proceso evolutivo. Descendemos del primer mono que se puso a bailar cuando le encontró ritmo de cintura a los silbidos. Sigue leyendo

Grabaciones ochenteras

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Por Edgard E Murillo

No recuerdo cuándo fue que compré mi primer casete en limpio pero sí tengo presente la vez que me regalaron uno marca Sony de 90 minutos que reutilizaba para grabar las canciones que sonaban en la radio con todo y viñetas. Había grabado en él una especie de popurrí que incluía a Paul Anka, los peludos de Creedence Clearwater Revival, Sheena Easton y Juan Gabriel. Tuve que comprar luego varios casetes para ordenar más o menos mis preferencias, no sólo por géneros musicales y ritmos, sino que también atendiendo las posibles disposiciones de ánimo en que me encontraría al momento de escucharlos. Las grabaciones caseras en casete reinaron en toda la década de los ochenta sin competencia alguna. A veces parecía que los casetes habían desaparecido pero emergían de quien sabe dónde, puesto que en la medida que la venta de discos de vinilo se veía cada vez más afectada por el bloqueo, la comercialización de aquellos daba sentido y propósito existencial a la chavalada de la época.

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Así lo viví

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Por Edgard E. Murillo

A las siete y treinta minutos de la noche entramos corriendo al estadio, subimos a la plataforma que conduce a gramilla y buscamos el mejor sitio que nos permita un cómodo ángulo visual evitando posibles apretujamientos. Las pantallas gigantes instaladas a ambos lados del escenario muestran collages de imágenes y fotografías de Los Beatles y Paul McCartney, en tanto que la atmósfera es envuelta por canciones de los Fab Four versionadas por varios artistas. A nuestra derecha hay un quiosco ofreciendo frutas y pastelillos de queso (Sir Paul es vegetariano y pide no consumir carne durante sus presentaciones, sin embargo también ofrecen hot-dogs ¿Serán de soya?); un poco atrás algunos entusiastas se agolpan sobre un toldo que vende camisetas, gorras y llaveros oficiales de la gira OUT THERE. Sigue leyendo