Los recuerdos no siempre recuerdan

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Por Edgard E. Murillo

En materia de confidencias no siempre recuerdo con quién y hasta dónde suelto la cuerda, por eso son muchos los que saben de mí y poco lo que sé de los demás, algo que no me inquieta demasiado, pues espero que estos tengan mala memoria o que la vida les haya arrugado la cabeza de tantas visiones y sueños logrados o truncados hasta confundir mi persona con un lejano pariente o alguien repasado en alguna conversación casual. Sin embargo, como explican los siguientes ejemplos, el tiempo produce efectos caprichosos que pueden desembocar en olvidos inexactos o recuerdos insospechados. Sigue leyendo

¿Inmortal? No, gracias

Por Edgard E. Murillo

Hoy por la mañana lo primero que pensé al abrir los ojos fue que a la eternidad se le antoja manifestarse de diferentes maneras, pero por muy breves momentos. Puede ser capturada en un inesperado suspiro, en el trinar de un pájaro dominguero, en el olor a tierra mojada e incluso en cosas que nada tienen que ver con el tiempo, porque si uno piensa en medidas temporales la sensación de continuidad ad perpetuam se descalabra y degenera en asunto de efímera existencia. No vaya a creerse, sin embargo, que las eternidades surgen cuando uno quiere. A veces ni siquiera nos damos cuenta. Suele ocurrir que un instante perpetuo se nos escurra de las manos cuando creíamos tenerlo de los pelos y no hay cosa más difícil que recuperarlo o que se repita con solo anhelarlo. Convertirse en cazadores de eternidades es lo más tenaz de este mundo.  Sigue leyendo

Carta al Niño Dios

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Por Edgard E. Murillo

Querido Niño Dios, como este año me porté muy bien, quiero que para Navidad me traigás lo siguiente:

Ocho cajas de cervezas Heineken.

El disco de Duran Duran que solo vos sabés quién me lo robó.

Un estuche de acuarela para ver si todavía me acuerdo de pintar.

Un bombo, dos platillos y tres tambores (Ya tengo las baquetas).

Una botella de vodka firmada por Vladímir Vladímirovich Putin. Sigue leyendo

Ni con el pétalo de una rosa

Por Edgard E. Murillo

Hubo un tiempo que estuve tentado de organizar un comando especial para darle caza y castigo físico a los hombres que golpeaban a las mujeres. Pensé utilizar las mismas técnicas empleadas por el Mossad para capturar nazis en Argentina. La idea era localizar a los desgraciados y verguearlos con bates de beisbol del extranjero hasta dejarlos más para allá que para acá; sin embargo, después me pareció que estaría utilizando otro tipo de violencia, así que dejé de insistir en el proyecto con cierta añoranza. Busqué entonces otra forma de enfrentar el problema, pero nada podía sustituir un buen batazo en las costillas. ¿Qué hacer? Sigue leyendo

Por siempre joven

Por Edgard E. Murillo

Desde hace un tiempo ciertas señales me estaban sugiriendo que creyera que estaba poniéndome viejo. Puede acontecer que una persona esté vieja sin haber llegado realmente a la vejez o bien que confunda que vivir bastante sea lo mismo que estar viejo. Estas reflexiones de rescate — que me habían tranquilizado en varias situaciones– fueron amenazadas por algunos amigos, quienes coordinados por envidia o insidia, se habían dado a la tarea de repetir que ya estábamos viejos cada vez que nos saludábamos. Mi respuesta era siempre la misma: Estás viejo vos, no jodás. Sigue leyendo

Sofía y el mar

Por Edgard E. Murillo

Anticipada por un escalofrío, Sofía giró lentamente y se tumbó en la playa boca arriba. Una nube nacarina cubría el sol que se recostaba a su izquierda. Al cruzar una pierna y verse el empeine imaginó los pies grandes que tenía Greta Garbo; vio la inmensidad del cielo, ya sin nubes y camaleónico, y pensó en el ruido que hacen las estrellas cuando se están consumiendo; llenó de aire sus pulmones y olió, o supuso oler, el vaho denso y dulzón que sale de las cervecerías caseras de Praga que nunca conocería; el murmullo del oleaje le hizo ver despierta los sueños recurrentes acerca de una remota  erupción volcánica, como la que vio Plinio El Joven desde el promontorio Miseno; cuando atrapó y sopesó un poco de arena en la palma de su mano lamentó que Stephen Hawking no pudiera moverse ni hablar, teniendo tantas cosas que decir; el graznido de una gaviota provocó que evocara el silencio acogedor de las bibliotecas que conoció en su infancia, antes de la invención de la mala educación; su diafragmática respiración le recordó la energía sexual reprimida que debían tener, seguramente, las monjas enclaustradas; intentó percibir la rotación terrestre y pensó que también las caricias podrían circunnavegar; y como siguió acostada en la arena sin reparar en el tiempo, una lengua de espuma llegó a su brazo extendido, por lo que creyó que aquello era la saliva o la leche de la Tierra; y la música que desvaída flotaba desde alguna parte le pareció una insinuación que ansiosa trataba de interpretar. Un cangrejito subió por una de sus caderas y se quedó asustado cerca del ombligo. Sofía sintió cosquillas; entonces se levantó, recogió el mar, lo metió en su bolso y se fue divina a buscar una botella de vino.

Mar para mí

 

 

Hacia Sotavento

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Por Edgard E. Murillo

Este 7 de julio el Barco Azul cumple noventa días de navegar por las aguas de la red empujado gracias a la voluntad de ustedes, amigos lectores. Ha sido una experiencia maravillosa y aleccionadora; nunca pensé que mi voz, que digo, mis letras, llegaran a tantas personas en lugares tan distantes como Vietnam, Noruega o Taiwán. Sentirme leído en esos lugares, y en otros que no pisaré suelo por más que me lo proponga, me hace estar allí de alguna manera.

La entrada “El nicañol” ha sido la más visitada, cosa que me alegra sobremanera porque me ha permitido llevar a tuto un pedacito de mi Nicaragua a los aposentos de los seis continentes (La Antártida cuenta).

La idea inicial del blog fue hacer de él una miscelánea donde cupiera cualquier temática, predominando los cuentos cortos y las anécdotas mejoradas, sin perjuicio de otros asuntos de interés. Creo que he sido coherente hasta la fecha con tal propósito; esto me compromete a mejorar en calidad, lo que quiere decir que tengo que arrancarle más horas al día para cumplir con mi trabajo alimentario y demás, porque no solo de blog vive el hombre, aunque así lo quisiera.

Hemos llegado con la máquina del tiempo a los años ochenta, como la noche que fui sorprendido por un meteoro (aquí), o de cuando volví a ver a una amiga que hacía refrescos de Maracuyá frente a un parque en Matagalpa (aquí).  Incluso, una vez ya fuimos a la Managua de principios del Siglo XIX (aquí), a la celebración del primer matrimonio civil en Nicaragua; y también contamos la actividad de un vendedor muy peculiar en la década de los 60 del siglo pasado (aquí).

No olviden la sorpresa que me llevé en Londres hace algunos años cuando me encontré con una celebridad del espectáculo (aquí); o del día que fui presidente de los Estados Unidos (aquí); o de mis confesiones sobre mis otras mujeres (aquí). La narrativa no es un recurso literario, es una excusa para seguir buscando la felicidad. También pueden leer un micro ensayo sobre el ombligo (aquí), o reflexionar distendidamente acerca del proceso judicial contra Jesús (aquí) y lo que escribí en ocasión al 30 aniversario de la Alfabetización en Nicaragua (aquí)

Agradezco a todos la paciencia por leerme.

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