Quise decir verbal

Por Edgard E. Murillo

En el enmarañado mundo de las relaciones interpersonales no son pocos los que confunden los goces sensuales con el amor. A mí me sucedió una vez lo contrario y fue suficiente para que desde entonces repensara las palabras antes de pronunciarlas, más si se está frente a un público con escasa voluntad analítica. La equivocación tuvo lugar la noche que embrollé la palabra verbal con oral. Como saben, los límites entre esas dos palabras son muy tenues, casi como la que existe entre cielo y arriba. Pero mejor leamos lo que sucedió, así ustedes me darán la razón o me expondrán en el paredón de los reproches. Sigue leyendo

Mensajes navideños

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Por Edgard E. Murillo

La víspera de Navidad me dediqué un rato a poner mensajes de texto a varios de mis contactos que tengo en el celular. Los destinatarios fueron aquellos que no llamé ni me llamaron en todo el año, esos que por mero trámite me pidieron que guardara su número pero que por diversas razones (cualquiera que se imaginen) me había resistido a borrar, con la certeza casi absoluta que ellos ya me habían eliminado de sus contactos por razones que desconozco y que no quisiera saber. Pues bien, no se trataba de mensajes típicamente navideños, sino de bromillas para el precalentamiento de la Nochebuena. Encontré a Rosalina y le escribí: “Hola mi curvilínea colega, Feliz Navidad”. Sigue leyendo

Hinchapelotas

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Por Edgard E. Murillo

Me considero una persona solaz y tranquila. No tengo temperamento de montaña rusa ni de explosiones súbitas. Con el paso de los años creí que aprendería a desarrollar algún tipo de carácter volátil para infundir miedo o respeto del cual pudiese echar mano en algunas situaciones. Imposible, amigos. No soy Tom Cruise para que mis rabietas caigan en gracia ni tampoco me interesa serlo. Sin embargo, se me hace difícil resistir el comportamiento de algunas personas, no importa que éstas sean las encargadas de poner a prueba mi paciencia y ganarme el ticket al Cielo si logro superar las ganas de estrangularlas.

Aquí tres perlas de esos personajes hinchapelotas, que ojalá algún día obtengan la piedad de Dios. Sigue leyendo

Entre abogados te veas

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Por Edgard E. Murillo

Arribo al Juzgado media hora antes de la hora indicada para escuchar la lectura de sentencia. Presento al guarda de seguridad mi carnet, subo los escalones y me identifico de nuevo con la muchacha que coordina las salas de audiencias. Me hacen pasar por un pasillo mientras busco la sala número cuatro. Entro y tomo asiento. Examino el lugar con atención (Siempre hago eso, me gusta que todo esté limpio y en orden), estiro mis pies bajo el escritorio que han dispuesto para el demandante y husmeo en facebook si hay algún chiste. No encuentro ninguno, solamente fotos de platos de comidas y jaculatorias. Apago el celular. El secretario del despacho me pide también el carnet; lo mismo hace con mi contrario, que acaba de llegar. A los pocos minutos abre la puerta el titular del juzgado, quien va envuelto en una capa negra brillante. El juez echa una mirada rápida al recinto, susurra buenos días y pregunta si están las partes presentes.  Al ver que asentimos, da un golpe seco con un mazo de madera gastado en uno de sus bordes. Entonces da inicio a la lectura de la sentencia que pone fin a una demanda interpuesta por mi cliente. Hay expectación. Mucha expectación. Sigue leyendo

Elvis y la teacher

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Por Edgard E. Murillo

El colegio donde estudié desde el segundo grado en adelante había quedado colindante con la zona cercada definida a raíz de la sacudida de aquel diciembre que borró para siempre la entonces capital más bonita de Centroamérica. Afortunadamente los daños a la estructura fueron parciales, lo que permitió que la matrícula escolar del 73 se trasladara provisionalmente a Masaya, a diferencia del Goyena o el Pedagógico que tuvieron que construir nuevas instalaciones fuera del área terremoteada. Como ingresé un año después del seísmo todavía había muchos edificios derruidos a los cuales penetraba con mis amigos después del timbre de salida en busca de muertos y tesoros soterrados, cosa que molestaba sobremanera a míster Wilson, el director, quien a veces nos perseguía entre los escombros sin darnos alcance.  Sigue leyendo

Mañana bancaria

Waiting in Line --- Image by © Royalty-Free/Corbis

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Por Edgard E. Murillo

Mis amigos modernos me quieren convencer que realice los pagos de los servicios básicos vía electrónica. Les digo que no soy millonario ni diputado para esconderme tras un teléfono o una pantalla y que además prefiero ir personalmente a los bancos por tres rotundas razones adicionales. La primera: Porque es una manera de asegurarme que mi dinero efectivamente entró a la gaveta del cajero. La otra: Porque verifico in situ que los banqueros están utilizando las ganancias que generan mis transacciones en la compra de cuadros al óleo y decoraciones carísimas provenientes de Italia o de un Mall de Miami. (No se crea tampoco que existe ligazón comprometida entre el dinero invertido y el buen gusto por el hecho que un banco exhiba cuadros carísimos, pero al menos reivindicamos cierto placer estético a cambio de las cargas que nos clavan en los estados de cuenta de las tarjetas de crédito.) Y la última: Porque me gusta observar a las personas. Sigue leyendo

Lapsus machinae

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Por Edgard E. Murillo

De niño padecí de forma ocasional de un extraño síndrome que consistía en confundir algunas palabras que leía; por ejemplo, cerca de la casa de mi tía Nena, sobre la 35 ave. N.O.,  había un letrero que decía “alimentos balanceados”, el que leía invariablemente como “alimentos balaceados”. Yo suponía que los alimentos los agarraban a balazos por alguna razón, talvez para triturarlos y dárselos a las aves. Para asegurarme que no era un error, cada vez que pasaba por donde estaba el letrero lo leía despacio, pero de nada servía, ¡allí siempre decía “balaceados”! No había manera de leer otra cosa. Tiempo después me pasó con algotras palabras pero conforme los años pasaron las confusiones  fueron cesando por divina providencia. Refiero esto porque ayer una compañera de trabajo rió a carcajadas cuando contó que había leído incorrectamente un letrero recién puesto en la oficina. El letrero dice: “Ruta de evacuación”, pero ella jura y perjura que leyó: “Ruta de eyaculación”. Sigue leyendo

Nuestro río San Juan

Por Edgard E. Murillo

Déjenme decirles que conocí el río San Juan cuando ya mis huesos habían decidido no seguir creciendo. Durante mi primera juventud varias veces acaricié la idea de visitar San Carlos navegando desde San Jorge pero nadie me hizo campaña en serio  para realizar la aventura. Cuando terminaron de construir la carretera que une Acoyapa con San Carlos me quedé sin excusas para seguir postergando la gira al único departamento del país que me faltaba por conocer. Hasta hace poco llegar a San Carlos por tierra era algo así como subir a la luna con una escalera de mano. Los pegaderos eran terribles debido a las lluvias eternas que mantenían hecho chicle el suelo. En ocasiones recorrer cincuenta kilómetros podía llevarse todo el día. Hoy es cuestión de pocas horas y si usted viaja temprano puede darse el gusto de apreciar bandadas de monos que suben a los árboles a ambos lados de la carretera cerca del empalme de Morrito.  Sigue leyendo

Doña Pandora y el fin de Los Pollos Azules

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Por Edgard E. Murillo

Un jueves cualquiera de los años noventa Víctor Manuel llegó a mi casa en estado de congoja anunciando que necesitaba con urgencia un Emotional Rescue, como gustaba decir cuando quería mojar las palabras con cervezas. Por esas casualidades del destino descubrimos un pequeño negocio cerca de la iglesia Don Bosco que prestaba condiciones mínimas para conversar. No bien llegamos al sitio lo bautizamos como Los Pollos Azules debido al aceitoso color azul en que estaban pintadas las paredes, las mesas, el menú y hasta el techo, y porque ofrecían pollos rostizados con papas fritas y salsa de tomate. Sigue leyendo