Don Salomón se va al cielo

Por Edgard E. Murillo

El día de San Jorge, a la hora de la radionovela del mediodía, don Salomón, paciente de neumonía y abuelo materno de Hildebrando Ocaña, entró en agonía. Su hija Doris Leonor escurría una olla de frijoles cuando escuchó un lamento profundo; al principio pensó que se trataba de voces provenientes de la radionovela, pero al acercarse a su padre advirtió el cambio de respiración que los moribundos utilizan para emprender el último viaje.  La mujer dejó caer la olla y gritó a Hildebrando, hijo, tu abuelo se nos va. Sigue leyendo

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¡Por fin!

 

Por Edgard E. Murillo

Los memes apocalípticos de las redes sociales, la supuesta tercera guerra mundial y las recientes desventuras de un boxeador venido a menos, ocupan la atención de los nicaragüenses en esta Semana Santa, sin percatarnos que después de la misma la tramitación de los juicios civiles será totalmente diferente. El Código de Procedimiento Civil, de 110 años, uno de los dos pilares jurídicos heredados por el presidente José Santos Zelaya, murió este 8 de abril sin pena ni gloria, y en su lugar lo ha sustituido el esperado Código Procesal Civil de Nicaragua. Sigue leyendo

Esta entrada es a propósito

Por Edgard E. Murillo

Cuando el calor del verano uniforma el cielo, y todo cuanto está debajo de él, pienso en cosas que no suelo pensar de ordinario: que si se detiene de repente la Tierra nos jodemos todos; que si las estrellas no sean más que luciérnagas gigantes que Dios utiliza para reírse de nosotros; que si a lo mejor ya he muerto varias veces, porque nadie sabe lo que es morirse. Cosas así. Son pensamientos fugaces pero recurrentes durante los meses de marzo y abril. Sigue leyendo

Quise decir verbal

Por Edgard E. Murillo

En el enmarañado mundo de las relaciones interpersonales no son pocos los que confunden los goces sensuales con el amor. A mí me sucedió una vez lo contrario y fue suficiente para que desde entonces repensara las palabras antes de pronunciarlas, más si se está frente a un público con escasa voluntad analítica. La equivocación tuvo lugar la noche que embrollé la palabra verbal con oral. Como saben, los límites entre esas dos palabras son muy tenues, casi como la que existe entre cielo y arriba. Pero mejor leamos lo que sucedió, así ustedes me darán la razón o me expondrán en el paredón de los reproches. Sigue leyendo

Los visitantes del planeta cuadrado

Por Edgard E. Murillo

En el tentáculo más sobresaliente de la última galaxia había un mundo cuadrado con dos lunas que giraban de forma desordenada. A veces las lunas amenazaban con desprenderse de la órbita porque cada vez que pasaban por las esquinas del astro sufrían alteraciones gravitacionales, ocasionando alejamientos y acercamientos repentinos.

Los únicos seres de ese singular planeta tenían las extremidades inferiores recubiertas de piel, sin pelaje y con un gonce a medio camino para facilitar la locomoción. Poseían además un aparato reproductor camaleónico, oblongo y retráctil, que parecía tener vida propia. El tórax estaba ocupado por una suerte de muralla con escamas, y los ojos, redondos e inexpresivos, jamás se cerraban, ni siquiera con la muerte. Sigue leyendo

Los recuerdos no siempre recuerdan

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Por Edgard E. Murillo

En materia de confidencias no siempre recuerdo con quién y hasta dónde suelto la cuerda, por eso son muchos los que saben de mí y poco lo que sé de los demás, algo que no me inquieta demasiado, pues espero que estos tengan mala memoria o que la vida les haya arrugado la cabeza de tantas visiones y sueños logrados o truncados hasta confundir mi persona con un lejano pariente o alguien repasado en alguna conversación casual. Sin embargo, como explican los siguientes ejemplos, el tiempo produce efectos caprichosos que pueden desembocar en olvidos inexactos o recuerdos insospechados. Sigue leyendo

¿Inmortal? No, gracias

Por Edgard E. Murillo

Hoy por la mañana lo primero que pensé al abrir los ojos fue que a la eternidad se le antoja manifestarse de diferentes maneras, pero por muy breves momentos. Puede ser capturada en un inesperado suspiro, en el trinar de un pájaro dominguero, en el olor a tierra mojada e incluso en cosas que nada tienen que ver con el tiempo, porque si uno piensa en medidas temporales la sensación de continuidad ad perpetuam se descalabra y degenera en asunto de efímera existencia. No vaya a creerse, sin embargo, que las eternidades surgen cuando uno quiere. A veces ni siquiera nos damos cuenta. Suele ocurrir que un instante perpetuo se nos escurra de las manos cuando creíamos tenerlo de los pelos y no hay cosa más difícil que recuperarlo o que se repita con solo anhelarlo. Convertirse en cazadores de eternidades es lo más tenaz de este mundo.  Sigue leyendo

Del agua surge el amor

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Por Edgard E. Murillo

La mujer asienta sus pies con prudencia sobre la arena y los guijarros; el hombre avanza un paso atrás observando la rabadilla de su acompañante que se sumerge lentamente en la laguna. Cuando están cubiertos hasta el cuello, ambos se observan a los ojos manteniendo una sonrisa que dice más cosas que las que pudieran decir las palabras. Se acercan, rozan sus pies y se besan, primero lentamente, después con la intensidad palpitante de la cercanía. En una movida audaz, la mujer rodea con sus piernas al hombre y éste la empuja hacia arriba aprovechando la ligereza de los cuerpos bajo el agua. Y de nuevo las miradas cómplices y las piernas que se trenzan, como si se tratase de dos frentes de batalla: la fragua de los besos en la superficie y el ejercicio de las caderas en la privacidad subacuática. El amor, acuoso y confabulado, se abre paso sin pudor. Sigue leyendo

Alfredo, el viajero

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Por Edgard E. Murillo

Sin repensarlo Alfredo se dio cuenta que estaba muerto desde que abrió los ojos. Habitaba en él una sensación similar al abandono, carente de centro de gravedad, diferente al sueño o al éxtasis sensual. Siempre le había perturbado la idea de cómo sería la muerte y ahora estaba ahí, ávido y solo, sin más cuestionamientos que la propia perplejidad. Lo cegó un resplandor, pero en lugar de caminar hacia él como dispone la leyenda urbana, hizo un rodeo para adentrarse en una escena cada vez más espaciosa, blanquísima, donde apenas se dejaba ver el piso para no perder el paso. Sigue leyendo

El secreto de Simonetta

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Por Edgard E. Murillo

Así como todos tenemos secretos más o menos inconfesables, no porque sean desvergonzados sino porque su revelación doblegaría nuestra imagen pública, contamos además con algunas virtudes escondidas que por alguna razón preferimos dejar en el anonimato. El balance entre lo que aparentamos y ocultamos arroja nuestra personalidad exacta, la que tenemos que matizar para ver si engañamos a San Pedro el día que nos vayamos al otro barrio.

Estuve tentado a narrar mis secretos, pero esta faena se la dejo a mis biógrafos, caso que lleguen a existir; en cambio, el único secreto de Simonetta, ese sí, ese sí merece ser contado, y si lo hago ahora es porque es tan insólito que nadie lo creería, y por la misma razón ella ni siquiera ha intentado censurar mi lengua para que no lo divulgue.

Sin ánimos de entrar en detalles inoportunos, diré que Simonetta es alta, delicada de maneras y amigable con el medio ambiente, pues ella ornamenta el lugar donde esté. Le gusta caminar descalza sobre la playa, también leer las líneas de las manos y tomar café sin azúcar siempre a la misma hora. En otra vida, según me dijo, había sido coleccionista de mariposas y marchante de arte; de ahí su afición por pintar amplios espacios azules con aleteos monocromáticos. Sigue leyendo