Los visitantes del planeta cuadrado

Por Edgard E. Murillo

En el tentáculo más sobresaliente de la última galaxia había un mundo cuadrado con dos lunas que giraban de forma desordenada. A veces las lunas amenazaban con desprenderse de la órbita porque cada vez que pasaban por las esquinas del astro sufrían alteraciones gravitacionales, ocasionando alejamientos y acercamientos repentinos.

Los únicos seres de ese singular planeta tenían las extremidades inferiores recubiertas de piel, sin pelaje y con un gonce a medio camino para facilitar la locomoción. Poseían además un aparato reproductor camaleónico, oblongo y retráctil, que parecía tener vida propia. El tórax estaba ocupado por una suerte de muralla con escamas, y los ojos, redondos e inexpresivos, jamás se cerraban, ni siquiera con la muerte. Sigue leyendo

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Los recuerdos no siempre recuerdan

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Por Edgard E. Murillo

En materia de confidencias no siempre recuerdo con quién y hasta dónde suelto la cuerda, por eso son muchos los que saben de mí y poco lo que sé de los demás, algo que no me inquieta demasiado, pues espero que estos tengan mala memoria o que la vida les haya arrugado la cabeza de tantas visiones y sueños logrados o truncados hasta confundir mi persona con un lejano pariente o alguien repasado en alguna conversación casual. Sin embargo, como explican los siguientes ejemplos, el tiempo produce efectos caprichosos que pueden desembocar en olvidos inexactos o recuerdos insospechados. Sigue leyendo

¿Inmortal? No, gracias

Por Edgard E. Murillo

Hoy por la mañana lo primero que pensé al abrir los ojos fue que a la eternidad se le antoja manifestarse de diferentes maneras, pero por muy breves momentos. Puede ser capturada en un inesperado suspiro, en el trinar de un pájaro dominguero, en el olor a tierra mojada e incluso en cosas que nada tienen que ver con el tiempo, porque si uno piensa en medidas temporales la sensación de continuidad ad perpetuam se descalabra y degenera en asunto de efímera existencia. No vaya a creerse, sin embargo, que las eternidades surgen cuando uno quiere. A veces ni siquiera nos damos cuenta. Suele ocurrir que un instante perpetuo se nos escurra de las manos cuando creíamos tenerlo de los pelos y no hay cosa más difícil que recuperarlo o que se repita con solo anhelarlo. Convertirse en cazadores de eternidades es lo más tenaz de este mundo.  Sigue leyendo

Del agua surge el amor

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Por Edgard E. Murillo

La mujer asienta sus pies con prudencia sobre la arena y los guijarros; el hombre avanza un paso atrás observando la rabadilla de su acompañante que se sumerge lentamente en la laguna. Cuando están cubiertos hasta el cuello, ambos se observan a los ojos manteniendo una sonrisa que dice más cosas que las que pudieran decir las palabras. Se acercan, rozan sus pies y se besan, primero lentamente, después con la intensidad palpitante de la cercanía. En una movida audaz, la mujer rodea con sus piernas al hombre y éste la empuja hacia arriba aprovechando la ligereza de los cuerpos bajo el agua. Y de nuevo las miradas cómplices y las piernas que se trenzan, como si se tratase de dos frentes de batalla: la fragua de los besos en la superficie y el ejercicio de las caderas en la privacidad subacuática. El amor, acuoso y confabulado, se abre paso sin pudor. Sigue leyendo

Alfredo, el viajero

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Por Edgard E. Murillo

Sin repensarlo Alfredo se dio cuenta que estaba muerto desde que abrió los ojos. Habitaba en él una sensación similar al abandono, carente de centro de gravedad, diferente al sueño o al éxtasis sensual. Siempre le había perturbado la idea de cómo sería la muerte y ahora estaba ahí, ávido y solo, sin más cuestionamientos que la propia perplejidad. Lo cegó un resplandor, pero en lugar de caminar hacia él como dispone la leyenda urbana, hizo un rodeo para adentrarse en una escena cada vez más espaciosa, blanquísima, donde apenas se dejaba ver el piso para no perder el paso. Sigue leyendo

El secreto de Simonetta

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Por Edgard E. Murillo

Así como todos tenemos secretos más o menos inconfesables, no porque sean desvergonzados sino porque su revelación doblegaría nuestra imagen pública, contamos además con algunas virtudes escondidas que por alguna razón preferimos dejar en el anonimato. El balance entre lo que aparentamos y ocultamos arroja nuestra personalidad exacta, la que tenemos que matizar para ver si engañamos a San Pedro el día que nos vayamos al otro barrio.

Estuve tentado a narrar mis secretos, pero esta faena se la dejo a mis biógrafos, caso que lleguen a existir; en cambio, el único secreto de Simonetta, ese sí, ese sí merece ser contado, y si lo hago ahora es porque es tan insólito que nadie lo creería, y por la misma razón ella ni siquiera ha intentado censurar mi lengua para que no lo divulgue.

Sin ánimos de entrar en detalles inoportunos, diré que Simonetta es alta, delicada de maneras y amigable con el medio ambiente, pues ella ornamenta el lugar donde esté. Le gusta caminar descalza sobre la playa, también leer las líneas de las manos y tomar café sin azúcar siempre a la misma hora. En otra vida, según me dijo, había sido coleccionista de mariposas y marchante de arte; de ahí su afición por pintar amplios espacios azules con aleteos monocromáticos. Sigue leyendo

Mensajes navideños

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Por Edgard E. Murillo

La víspera de Navidad me dediqué un rato a poner mensajes de texto a varios de mis contactos que tengo en el celular. Los destinatarios fueron aquellos que no llamé ni me llamaron en todo el año, esos que por mero trámite me pidieron que guardara su número pero que por diversas razones (cualquiera que se imaginen) me había resistido a borrar, con la certeza casi absoluta que ellos ya me habían eliminado de sus contactos por razones que desconozco y que no quisiera saber. Pues bien, no se trataba de mensajes típicamente navideños, sino de bromillas para el precalentamiento de la Nochebuena. Encontré a Rosalina y le escribí: “Hola mi curvilínea colega, Feliz Navidad”. Sigue leyendo

De muchacho a señor

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Por Edgard E. Murillo

La vida pasa demasiado rápido, y adquiere velocidad, sabrá Dios por qué, en la medida que vamos acumulando años. Seguramente esto sea un asunto de perspectiva. Al ampliarse el horizonte vital como que el tiempo se dilata o difumina, superponiéndose nombres, eventos, lugares y personas. De ahí que los niños midan su tiempo en días y los adultos en años.

Cuando era impúber me preguntaba qué es lo que pensaba don José, el anciano carpintero del callejón, cuando sonreía sentado en una silla mecedora en el porche de su casa, cobijado por las hojas tricolores del almendro que infiltraban el resplandor de las tres de la tarde. Yo bromeaba: “Seguramente se está acordando de todas sus bandidencias”. No había otra cosa qué suponer porque loco no estaba. Entonces yo ni imaginaba que cumpliría los cuarenta años, eso era tan remoto como que algún día tendría un teléfono-computadora que alcanzara en la bolsa de mi camisa. Sigue leyendo

Titulares

Front pages from newspapers around the world after Donald Trump becomes the President of the United States

Por Edgard E. Murillo

Cansado estoy de ver, leer y escuchar las mismas noticias en todas las épocas. Ya nada parece asombrarme; como que los tiempos de las extrañezas y las noticias de arrebato fueran cosas del pasado. Que estalló una guerra tribal en el Medio Oriente, que un político mutó de pellejo partidario o que una miss universo erró en la ubicación geográfica de un país, son variaciones de una misma melodía. Lo predecible por lo repetitivo. Por eso cada vez leo menos los diarios para informarme; no porque prefiera hacerlo por medio de la televisión, o por conducto del periodismo flash de las redes sociales, sino porque las noticias, en su mayoría, se me antojan aguadas, cansinas y hartamente sabidas, como monas vestidas de seda. La única noticia que me agarró fuera de base en los últimos tiempos fue la renuncia de Benedicto XVI. Antes y después de eso, nada. Ni siquiera la visita de Obama a Cuba me desacomodó de la butaca. Sigue leyendo

Hinchapelotas

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Por Edgard E. Murillo

Me considero una persona solaz y tranquila. No tengo temperamento de montaña rusa ni de explosiones súbitas. Con el paso de los años creí que aprendería a desarrollar algún tipo de carácter volátil para infundir miedo o respeto del cual pudiese echar mano en algunas situaciones. Imposible, amigos. No soy Tom Cruise para que mis rabietas caigan en gracia ni tampoco me interesa serlo. Sin embargo, se me hace difícil resistir el comportamiento de algunas personas, no importa que éstas sean las encargadas de poner a prueba mi paciencia y ganarme el ticket al Cielo si logro superar las ganas de estrangularlas.

Aquí tres perlas de esos personajes hinchapelotas, que ojalá algún día obtengan la piedad de Dios. Sigue leyendo