Del agua surge el amor

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Por Edgard E. Murillo

La mujer asienta sus pies con prudencia sobre la arena y los guijarros; el hombre avanza un paso atrás observando la rabadilla de su acompañante que se sumerge lentamente en la laguna. Cuando están cubiertos hasta el cuello, ambos se observan a los ojos manteniendo una sonrisa que dice más cosas que las que pudieran decir las palabras. Se acercan, rozan sus pies y se besan, primero lentamente, después con la intensidad palpitante de la cercanía. En una movida audaz, la mujer rodea con sus piernas al hombre y éste la empuja hacia arriba aprovechando la ligereza de los cuerpos bajo el agua. Y de nuevo las miradas cómplices y las piernas que se trenzan, como si se tratase de dos frentes de batalla: la fragua de los besos en la superficie y el ejercicio de las caderas en la privacidad subacuática. El amor, acuoso y confabulado, se abre paso sin pudor. Sigue leyendo

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La fuga de Agnette

Por Edgard E. Murillo

Sobre el pasillo lúgubre presurosa camina Agnette. Lleva a flor de labios avemarías, jaculatorias y carmín. Sudorosa, tiembla de ansiedad, como si fuese a presenciar el estreno de una película donde ella debuta como actriz estelar. Vuelve la mirada hacia el zócalo cubierto de hojas que se desparraman sobre los escalones que bajan a un rellano empedrado, donde se detiene a tomar aire y reprimir los sollozos. ¡Qué bello este lugar! Sigue leyendo

Las categorías del amor

Por Edgard E. Murillo

Las mujeres son excelentes conversadoras; no hay ninguna que, por muy callada que sea, se quede sin decir nada frente a la posibilidad de una buena argumentación o un delicioso cuestionario. Sin embargo son reacias para hablar asuntos del amor. Hace unos años pregunté a varias amigas que cuántas veces se habían enamorado. Curioso: Las respuestas que me dieron guardaban idéntica relación con el número de hijos que habían tenido en aquellos casos que los hijos eran de diferentes hombres. Así, Rosa, que tenía un hijo de Juan y otro de Fernando, dijo que se había enamorado dos veces; y Marina, que tenía un hijo de David, otro de Ángel y una niña de Ramiro, dijo que solamente se había enamorado en tres ocasiones. Las que no tenían hijos anunciaban la cifra atendiendo el número de hombres que yo les había conocido. Ninguna expresó haberse enamorado más de tres veces. Mentirosas todas. Vivir en un mundo machista empuja a las mujeres a esconder su palmarés amatorio. Es como un reflejo de autodefensa. Pero tampoco se vale mentir diciendo que solo se han enamorado una o dos veces y que nunca más de tres. Sigue leyendo

Esperar por siempre

Por Edgard E. Murillo

Hace unos años en la ciudad de Monterrey falleció Rebeca Méndez. La historia de esta mujer hubiese pasado un tanto desapercibida si no ha sido porque el grupo Maná contó su penar en la preciosa canción En el Muelle de San Blas.

En 1971 Rebeca estaba enamorada de Manuel, un joven que se ganaba la vida pescando en el Golfo de California con quien se había comprometido en matrimonio. Una mañana de miércoles Manuel y otros pescadores subieron a un pequeño bote y se hicieron a la mar. Ni él ni sus compañeros de oficio quisieron respetar las bravuconadas de una tormenta con nombre de mujer que azotaba las costillas de México desde hacía varios días. Jamás regresaron. Sigue leyendo

Amores mojados (Antiaforismos II parte)

Por Edgard E. Murillo

Los suspiros son las excusas que el cuerpo utiliza para seguir pasándola bien.

El sexo es más agua que fuego.

El único momento en que nuestro cuerpo no nos lleva la contraria es cuando estamos enamorados.

Quien se re-enamora alcanza a ver más allá de lo que antes creía era el horizonte.

Cuando Eva ofreció a Adán la manzana, le estaba insinuando la redondez de sus pechos; pero el primer hombre no entendió la seña. Sigue leyendo

Tres microcuentos de amor y muerte

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Por Edgard E. Murillo

LA LÁPIDA

Juan Sorvino caminaba escrutando la fecha de muerte en las tumbas del cementerio; pasó de soslayo un angosto camino que conducía hacia una bóveda cuya puerta estaba entreabierta pero regresó y la cerró; al hacerlo fue impelido por un escalofrío a que leyera la primera lápida que estaba a sus pies: tenía su nombre, la fecha de su nacimiento y la dedicatoria de sus hijos que aun no habían nacido. El hombre, espantado, corrió hacia el hospital. Y fue así que Juan Sorvino logró esquivar la muerte gracias a la vasectomía.

 

LA DECISIÓN DE MILENA

Milena siempre había planificado sus muertes, la última había sido de aburrimiento, y la que le antecedió de puro pavor, por lo que decidió que en esta moriría de placer. Arregló su testamento, hizo una fina carta de despedida y rentó indefinidamente un cuarto de motel. Mientras su amante se esforzaba en quitarle el aliento besando sus pechos ella pensaba contenta que en la siguiente vida moriría de cosquillas.

 

LA TERCERA ES LA VENCIDA

En el siglo pasado un hombre de Granada se mató y reencarnó tres veces seguidas para pretender casarse con la abuela, la madre y la hija, porque la primera y la segunda no le habían hecho caso en su juventud. Cuando se presentó ante la hija, ésta le dijo que no era su tipo, entonces el hombre se dio cuenta por fin que las tres veces había reencarnado con cara de pendejo.

De mulos y enamoramientos

Burros

Por Edgard E. Murillo

Durante la alfabetización me asignaron una mula para el recorrido de tres kilómetros montaña arriba que separaba el albergue con la comarca donde impartía clases de tres a cinco de la tarde; la llamaban La mula mora debido a su breve pelaje color mora. Una mañana, mientras amontonaba leña bajo un árbol de carao, pregunté al campisto Virgilio si la mula mora tenía mulitos. Virgilio me quedó viendo con ojos de susto y soltó esta sentencia apocalíptica: El día que para una mula se pierde el mundo. A partir de entonces me fascinó la intriga del porqué las mulas y sus hermanos, los mulos machos, son estériles. Con el tiempo aprendí que estos cuadrúpedos son producto del cruzamiento más inducido que accidental de burro con yegua. Sigue leyendo

De venganzas y amores

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Edgard E. Murillo

Hace algunos años vi una película ambientada en Londres de 1940 acerca de una interesante historia de amor. A pesar que ya estaba comenzada decidí verla porque soy un irreductible aficionado de los filmes de la Segunda Guerra Mundial, además porque se trataba de una película inglesa, fuera de las monadas hollywoodenses. La trama es la que sigue: Una mujer británica casada con un general de la aviación se enamora de un diplomático alemán. Inglaterra se alista para otra contienda bélica mientras Jürgen y Lady Thompson viven su fantasía a velocidad de vértigo. Son fantásticas las escenas donde los amantes se desnudan sobre el vidriado techo del Royal Albert Hall en tanto suenan las sirenas anunciando los bombardeos sobre la ciudad. El frenesí de la guerra aumenta la pasión. Los enamorados hacen planes para fugarse a un país neutral, pero sucede que alguien le llega con el chisme al marido de Lady Thompson. El traicionado persigue a Jürgen pero este huye a su país. Lady Thompson queda desconsolada, su marido la perdona pero le establece serias y humillantes condiciones. Cuando se da cuenta que el amante de su mujer se encuentra en Dresde, el general ordena el bombardeo sobre esta ciudad, tiene la esperanza que alguna bomba alcance la cabeza del desgraciado. Cada explosión se convierte en una porción de su venganza. Dresde es reducida a cenizas. No se sabe si Jürgen logra sobrevivir. Sigue leyendo

Confesiones de amor

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Por Edgard E. Murillo

Camilo Mendieta hacía intentos desesperados por enamorarse de Enriqueta. Quería saber si talvez enamorándose de su novia aquella relación tendría música y sentido. Primero probó con besarla de forma diferente (Enriqueta era buena besadora en los primeros cinco segundos pero después tanto su lengua como su pasión menguaban), luego intentó con prologar las visitas a su casa, después con salir a bailar los viernes por las noche. Todo inútil. ¿Qué si Enriqueta estaba Sigue leyendo

Ay el amor, cosa tan rara

Por Edgard E. Murillo

Una de las aficiones empedernidas del ser humano es encontrar explicación racional a las cosas que evidentemente son difíciles de diseccionar con métodos lógicos. Hay eventos que no se entienden si no es porque se sienten, o sea que se explican sintiéndose.

Sin embargo, para estas fechas solemos buscar la definición de algo que se ha materializado en tarjetas, flores e historias conmovedoras. Me refiero al amor sentimental, conocido como amor romántico, o amor carnal para no pronunciar la palabra sexo. Los abogados presumidos repiten Sigue leyendo