Una tarde de cuidado

chorro

Por: Edgard E. Murillo

Ese viernes hizo un calor infernal, parecía que las emanaciones del centro de la Tierra habían subido por veredas endemoniadas. El plástico resentía las altas temperaturas, el hielo se derretía en cuestión de segundos, ni una hoja se movía por la ausencia de viento.

Desde el mediodía había asumido la idea de buscar un lugar donde las cervezas estuviesen bajo cero, y ¡Eureka!, recibí la llamada de mi amigo Chepe Chú adelantándose que quería contarme “lo más pronto posible” de las sospechas que tenía de su mujer, la cual según él, no andaba con otro, sino con otra, y de paso ofrecerme su casa en el mar para pasar un fin de semana. Sigue leyendo

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Doña Pandora y el fin de Los Pollos Azules

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Por Edgard E. Murillo

Un jueves cualquiera de los años noventa Víctor Manuel llegó a mi casa en estado de congoja anunciando que necesitaba con urgencia un Emotional Rescue, como gustaba decir cuando quería mojar las palabras con cervezas. Por esas casualidades del destino descubrimos un pequeño negocio cerca de la iglesia Don Bosco que prestaba condiciones mínimas para conversar. No bien llegamos al sitio lo bautizamos como Los Pollos Azules debido al aceitoso color azul en que estaban pintadas las paredes, las mesas, el menú y hasta el techo, y porque ofrecían pollos rostizados con papas fritas y salsa de tomate. Sigue leyendo

Sábado de noche

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Por Edgard E. Murillo

Son las siete y treinta de la noche en algún lugar de Bello Horizonte. Un músico charro ofrece melodía de su acordeón, le digo cortésmente que no, aunque quiero decirle que cómo se le ocurre que voy a escuchar una canción si no estoy acompañado ni acavangado. Sale una muchacha alta con blusa pequeña que desvela su ombligo y unas estrías en su costado derecho (no le pude ver el izquierdo); una joven vestida de traje bancario estornuda tres veces sin decir gracias después de varios “salud” mientras los meseros deambulan a paso doble haciendo equilibrio con las bandejas. Entra un tipo con un tatuaje en el brazo que dice Matilde. Pobre Matilde, su nombre anda haciendo el ridículo en un brazo peludo. Hace su Sigue leyendo

La cantina ideal

El sabalete

Por Edgard E. Murillo

Una tarde como la de hoy así con lluvia suave y truenos que rascan las panzas de las nubes yo quisiera estar en el bar El Sabalete. Nada más pregúntenme y les cuento que nada allí sale sobrando. Si no fuera porque en El Sabalete se vende guaro y cervezas les diría que es la cantina perfecta. Siempre hay mesas limpias y desocupadas, la música suena a tu interés más que a tu gusto (en ocasiones de una complicidad alucinante); las botanas, con o sin grasas, ligan a la perfección; los baños huelen a lavanda y las meseras sonríen a todos tus ocurrencias, como si fuesen amigas tuyas de toda la vida, o aun de vidas anteriores. En El Sabalete no Sigue leyendo

El espejo de Guerrero

Espejo

Por Edgard E. Murillo

Antonio Vallejos conducía por el camino viejo y contempló la perspectiva del pueblo cuyas calles de tierra le evocaban soleadas tardes y extrañas sensaciones. El pueblo costero se extendía en forma de media luna hasta llegar a la playa y un sentimiento de paz le subía por el estómago cada vez que examinaba sus tejas blancas y las estrechas calles. —Algún día conoceré ese pueblo— se había prometido muchas veces.

Quizás de niño había recorrido aquellas empedradas avenidas que resistían el paso de los años con toda la indiferencia del mundo, por ello no se sorprendió al sentir un impulso urgente de bajar de su auto y caminar a sus anchas, con el entusiasmo propio de un turista. Había estado inquieto Sigue leyendo

La mesa ocho

Por Edgard E. Murillo

Era viernes y afortunadamente la mesa ocho estaba desocupada. Mi amigo Ernesto aborrecía esa mesa porque estaba bajo las escaleras y había poca iluminación, en cambio a mí me gustaba porque ofrecía ambiente para conversar, esto porque la música de la roconola llegaba atenuada y los gritos de los clientes borrachos escapaban en remolinos hacia la calle junto con el humo de los cigarrillos. Lucila era nuestra mesera preferida, había aparecido sin Sigue leyendo

Sangre en mis labios

 

Luscious lips

Por Edgard E. Murillo

El sábado 18 de mayo Miguel se dio cita con Andrea en Los Ídolos. Era la tercera vez que salían y como las veces anteriores decidieron verse en un restaurante para luego terminar la jornada entre sábanas y abundantes consideraciones recíprocas. Andrea, treinta y dos años, sonrisa carnosa y ojos vivarachos, pero sobre todo soltera, había conocido a Miguel cuatro meses antes, en la clausura de un foro sobre danza contemporánea. El romance no tuvo más preámbulo que una docena de chats por los cuales ambos habían presentado sus credenciales de la manera menos hipócrita posible; sin embargo, desde que salieron por vez primera Andrea no se había reservado nada para después: su personalidad afincada en la espontaneidad se iluminaba en la intimidad y anunciaba con su talle bajo y con sus palabras que el amor sensual era su carnaval personal y que había que seguirlo y celebrarlo “como Dios manda” Sigue leyendo