Pink Floyd y el pulso del turco Iván

 

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Por Edgard E. Murillo

Hace muchos años hubo un radionoticiero vespertino que tenía por viñeta de presentación una canción que parecía una anti-canción. Las primeras notas me atrapaban por completo. Seguido de la alarma de un reloj despertador, caían los golpes continuos de un bombo que simulaba los latidos del corazón, lo que me producía una ansiedad que rozaba un gozo casi místico. Cuando el radionoticiero pasó a transmitirse por la noche, yo seguí escuchándolo, más por mi afición al intro que por el contenido del programa. Gracias a un casete que me regalaron el día que cumplí quince o dieciséis, supe que la canción se llamaba Time y que pertenecía a Pink Floyd, una banda que con el paso de los años me enseñaría más filosofía que el pesimismo de Schopenhauer. Sigue leyendo

Los caprichos de la casualidad

 

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Por Edgard E. Murillo

Si de casualidades hablamos, les voy a relatar el episodio que confirma que nuestro país es como un pañuelo doblado, donde todo mundo se conoce. Pido disculpas si me faltan detalles; he tratado de ajustar los hechos tal cual sucedieron tomando en cuenta la virtud que tenemos de obviar ciertas verdades para darles paso a otras aleccionadas por la añoranza. Ustedes me entienden. Vamos que empiezo.

La burbuja que envolvía mi niñez se estremeció por la llegada al vecindario de una familia proveniente de la lejana Somoto. Mis amigos me avisaron que entre los inquilinos había tres niñas preciosas, y claro, me apuré en escoger la mía antes que se me adelantaran. Para no complicar mi existencia elegí a la menor de ellas, porque aparte de ser la más bonita tenía pecas en la cara y eso era un indicativo que podría tratarse de una extranjera, gitana quizás. Supe que se llamaba Cintya y empecé a tratarla como tal, es decir, como Cintya y como mi novia; Carlos se emparejó con la vieja de trece años que se llamaba Casandra y Javier se avino con la de en medio de nombre Ana Rosa, conocida por sus nombres invertidos — Rosa Ana —, pero ella insistía con obstinación en llamarse Roxana, porque la equis le hacía sentirse especial. Sigue leyendo

Juro que esto ya lo había vivido

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Por Edgard E. Murillo

La canción de Franco de Vita trajo a colación las veces que he sentido experiencias, como si dijéramos, repetidas. Todos hemos pasado por esos momentos donde nos decimos “esta carambada me suena familiar”.

Lo más bonito es que esto sucede de forma inesperada, como un asalto al espíritu, empujándonos al misterio y a cierta satisfacción inveterada. Hay por supuesto inducciones, como una canción o un olor, pero casi siempre acontece con la apreciación del entorno, como la forma en que el sol dora los árboles en una tarde de noviembre, o por el golpe de las voces de Sigue leyendo