Alfredo, el viajero

caminante

Por Edgard E. Murillo

Sin repensarlo Alfredo se dio cuenta que estaba muerto desde que abrió los ojos. Habitaba en él una sensación similar al abandono, carente de centro de gravedad, diferente al sueño o al éxtasis sensual. Siempre le había perturbado la idea de cómo sería la muerte y ahora estaba ahí, ávido y solo, sin más cuestionamientos que la propia perplejidad. Lo cegó un resplandor, pero en lugar de caminar hacia él como dispone la leyenda urbana, hizo un rodeo para adentrarse en una escena cada vez más espaciosa, blanquísima, donde apenas se dejaba ver el piso para no perder el paso. Sigue leyendo

Tiré tu pañuelo al río (O cómo reencarnar en el intento)

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Por Edgard E. Murillo

Cuando fui niño me prometí ser cantante de grande; como no lo fui por falta de energías, llegué a decir que lo sería en la otra vida. La culpa la tuvo Julio Iglesias en su primera — y creo que única— visita a Nicaragua. Recuerdo que me cautivó el griterío de las mujeres y el aplomo con que cantaba La vida sigue igual y Tiré tu pañuelo al río. Esto es lo mío, me dije, y así se lo hice saber a mis padres. Pero la respuesta de ellos me puso triste. Si querés ser cantante, tenés que vencer la timidez. Quedé paralizado. Aún me faltaban muchos años para que eso medio sucediera. Sigue leyendo

La siesta

Por: Edgard E. Murillo

Entró sigilosamente al dormitorio sombreado por las ramas del almendro donde a su creer se aislaba el rumor del mediodía; tendió una colchoneta sobre el piso cerca de la puerta al advertir que la cama estaba ocupada, cerró los ojos y soltó un suspiro para negociar el sueño; el viento que se colaba por el techo hacía mecer rítmicamente las cortinas verdes pareciéndole nubes precipitadas. Entonces, en el preciso momento de entrar en duermevela llegó a su nariz el aroma que hacía años no atrapaban las paredes, percibió murmullos fugados provenientes de la calle que se confundían con la campanilla de un vendedor de helados, sintió el peso del cuerpo liviano de cuando era un niño tendido sobre aquella colchoneta de cuero, escuchó la viñeta de un extemporáneo noticiero vespertino y el remolinear de las hojas del árbol de acacia derrumbado antes de la guerra. No fue propiamente que el alma se le desprendiese del cuerpo, como había leído y escuchado tantas veces, sino que había logrado penetrar a su pasado de forma abrupta y vertical en una medida de tiempo imprecisa como el intervalo entre dos relámpagos. Sigue leyendo

Juro que esto ya lo había vivido

deja

Por Edgard E. Murillo

La canción de Franco de Vita trajo a colación las veces que he sentido experiencias, como si dijéramos, repetidas. Todos hemos pasado por esos momentos donde nos decimos “esta carambada me suena familiar”.

Lo más bonito es que esto sucede de forma inesperada, como un asalto al espíritu, empujándonos al misterio y a cierta satisfacción inveterada. Hay por supuesto inducciones, como una canción o un olor, pero casi siempre acontece con la apreciación del entorno, como la forma en que el sol dora los árboles en una tarde de noviembre, o por el golpe de las voces de Sigue leyendo