Por una América Central unida, otra vez

(foto de archivo) Filibusteros, durante la guerra civil de Nicaragua,  magazin 17,18.  LA PRENSA

Filibusteros, durante la Guerra Nacional de Nicaragua.

Por Edgard E. Murillo

Nuestras fiestas patrias tienen la característica que se celebran por partida doble. El 14 de septiembre por la Batalla de San Jacinto y el 15 del mismo mes por la independencia de la Corona de España. Este último evento no me emociona por dos motivos: porque no debimos disolver la Federación Centroamericana y porque de una dependencia pasamos a otra. Además, la independencia fue un suceso de escritorio, diferente a las luchas libertarias de Jefferson, Morelos, San Martin o Bolívar, por lo que el resultado pérdida-ganancia no alteró en lo sustancial las estructuras sociales coloniales. ¿Quiénes ganaron con la independencia de Centroamérica? Solamente los criollos hacendados. Sigue leyendo

Rebobinando la revolución

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Por Edgard E. Murillo

Un escritor mexicano dijo (no digo su nombre porque no me consta que lo haya dicho) que en América Latina no ha habido revoluciones; sólo revueltas. Mentira. Aún tiemblo de emoción al leer el Estatuto Fundamental: “… Deróganse la actual Constitución Política y las Leyes Constitucionales… Declárase disuelta la Guardia Nacional de Nicaragua, la Oficina de Seguridad Nacional y el Servicio de Inteligencia Militar, y, en consecuencia, derogadas todas las leyes, reglamentos y ordenanzas que la gobiernan”. Eso sin mencionar la nacionalización de la banca, las minas y el comercio exterior, por citar la parte formal.

II

Lo mejor de la revolución fue la alfabetización, y en segundo lugar, la reforma agraria. Tanto la una como la otra preconfiguraron el  cambio del estado de cosas.

III

La urgencia por derrocar a Somoza y la fe de la mayoría de los combatientes, hizo del sandinismo un híbrido de nacionalismo, cristianismo comprometido y buscadores de la igualdad utópica. A otro con el cuento que este país fue comunista en el sentido marxista o peyorativo de la palabra. Sigue leyendo

El pueblo que sigo conociendo

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Por Edgard E. Murillo

Cierto día, en los lejanos años setenta, cuando las tardes tenían color naranja y las lluvias eran lluvias y nunca ejes de vaguada, iba rumbo a Juigalpa en una camioneta destartalada. Los hijos de unos vecinos eran niños exploradores y me habían invitado a un convivio scout en esa ciudad. Cerca de la entrada a Comalapa la camioneta corcoveó y se detuvo. Todos bajamos para estirar las piernas y buscar sombra, pero yo me quedé viendo el motor expuesto con el capó levantado, lo que para mí parecía la boca de un dinosaurio bostezando. Sigue leyendo

Los caprichos de la casualidad

 

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Por Edgard E. Murillo

Si de casualidades hablamos, les voy a relatar el episodio que confirma que nuestro país es como un pañuelo doblado, donde todo mundo se conoce. Pido disculpas si me faltan detalles; he tratado de ajustar los hechos tal cual sucedieron tomando en cuenta la virtud que tenemos de obviar ciertas verdades para darles paso a otras aleccionadas por la añoranza. Ustedes me entienden. Vamos que empiezo.

La burbuja que envolvía mi niñez se estremeció por la llegada al vecindario de una familia proveniente de la lejana Somoto. Mis amigos me avisaron que entre los inquilinos había tres niñas preciosas, y claro, me apuré en escoger la mía antes que se me adelantaran. Para no complicar mi existencia elegí a la menor de ellas, porque aparte de ser la más bonita tenía pecas en la cara y eso era un indicativo que podría tratarse de una extranjera, gitana quizás. Supe que se llamaba Cintya y empecé a tratarla como tal, es decir, como Cintya y como mi novia; Carlos se emparejó con la vieja de trece años que se llamaba Casandra y Javier se avino con la de en medio de nombre Ana Rosa, conocida por sus nombres invertidos — Rosa Ana —, pero ella insistía con obstinación en llamarse Roxana, porque la equis le hacía sentirse especial. Sigue leyendo

La novia que fue y no tuve

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Por Edgard E. Murillo

La semana pasada, mientras me lustraban los zapatos en el juzgado, miré pasar al abogado Kevin Mitchell. Creí que no podría saludarlo pero al rato lo encontré conversando con un señor, un cliente supongo, en el portón de los juzgados penales de audiencia. Al verme sonrió e hizo un ademán con la cabeza. Así saluda todas las veces Kevin Mitchell que una vez tuvo nombre de pila.

— ¿Cómo va todo, Kevin?— le pregunté.

— Bien— contestó con su risita de niño travieso. Le di unas palmaditas en la espalda y entré a las oficinas donde se presentan los escritos. Kevin casi no llega al juzgado y cuando llega lo hace de forma extraña, casi clandestina, como lo haría un cobrador de saldos insolutos o un amante que ensaya reconciliación. Sigue leyendo

La nostalgia de Nadine

 

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Por Edgard E. Murillo

Pudo ser la primera semana de octubre cuando conocí a Nadine. Fue en una mañana fresca, de cielo limpio y de hojas secas revoloteando por las calles. David, Martinica, Moisés y yo habíamos quedado “flotantes” en la ciudad norteña después de dos meses de instrucción en la escuela de Apanás. Llevábamos apenas tres meses de servicio militar. Mientras esperábamos la asignación de nuestras unidades pasábamos los días conociendo la ciudad, jugando ping-pong y calificando las faldas de las muchachas que cruzaban el Parque Central. El azar nos había llevado a un Sigue leyendo