La causa de los mártires

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Por Edgard E. Murillo

Los héroes mueren jóvenes, decían los griegos. Por eso los viejos podrán llegar a ser sabios, pero jamás héroes, no importa que en algún momento de sus vidas hayan realizado actos heroicos, pues la muerte prematura consagrada a una causa vale más que los infinitos méritos de los veteranos.

Ante la ruptura del ciclo natural de la vida, la humanidad desde tiempos homéricos ha entendido la sangre de los mártires como el sacrificio máximo respecto al cual debemos rendir el mayor de los honores. El mártir no dice: “voy a hacerme mártir”. Si el martirio acontece es porque su conducta, o más bien su decisión, exige una fidelidad más fuerte que el apego a la vida, como bien lo ha expresado Antonio M. Baggio, profesor de la Pontificia Universidad Gregoriana de Roma. Sigue leyendo

Titulares

Front pages from newspapers around the world after Donald Trump becomes the President of the United States

Por Edgard E. Murillo

Cansado estoy de ver, leer y escuchar las mismas noticias en todas las épocas. Ya nada parece asombrarme; como que los tiempos de las extrañezas y las noticias de arrebato fueran cosas del pasado. Que estalló una guerra tribal en el Medio Oriente, que un político mutó de pellejo partidario o que una miss universo erró en la ubicación geográfica de un país, son variaciones de una misma melodía. Lo predecible por lo repetitivo. Por eso cada vez leo menos los diarios para informarme; no porque prefiera hacerlo por medio de la televisión, o por conducto del periodismo flash de las redes sociales, sino porque las noticias, en su mayoría, se me antojan aguadas, cansinas y hartamente sabidas, como monas vestidas de seda. La única noticia que me agarró fuera de base en los últimos tiempos fue la renuncia de Benedicto XVI. Antes y después de eso, nada. Ni siquiera la visita de Obama a Cuba me desacomodó de la butaca. Sigue leyendo

Por una América Central unida, otra vez

(foto de archivo) Filibusteros, durante la guerra civil de Nicaragua,  magazin 17,18.  LA PRENSA

Filibusteros, durante la Guerra Nacional de Nicaragua.

Por Edgard E. Murillo

Nuestras fiestas patrias tienen la característica que se celebran por partida doble. El 14 de septiembre por la Batalla de San Jacinto y el 15 del mismo mes por la independencia de la Corona de España. Este último evento no me emociona por dos motivos: porque no debimos disolver la Federación Centroamericana y porque de una dependencia pasamos a otra. Además, la independencia fue un suceso de escritorio, diferente a las luchas libertarias de Jefferson, Morelos, San Martin o Bolívar, por lo que el resultado pérdida-ganancia no alteró en lo sustancial las estructuras sociales coloniales. ¿Quiénes ganaron con la independencia de Centroamérica? Solamente los criollos hacendados. Sigue leyendo

La joven y antigua catedral

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Por Edgard E. Murillo

Como muchos capitalinos nacidos en la segunda mitad de los años sesentas, fui bautizado en la antigua catedral por el párroco de la misma. Mi madre conserva la fotografía que capturó aquél dulce momento: ella, en sus veinte exactos, observa con carita asustada; mi madrina Conchita parece querer decir algo mientras el cura, un señor regordete que nadie ha podido decirme su nombre, pronuncia el rito dejando caer agua bendecida sobre mi lampiña cabecita; al fondo, a la derecha, sobresale la frente de mi padre, el que, a juzgar por la expresión de sus ojos, pareciera estar sonriendo. Sigue leyendo

Rebobinando la revolución

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Por Edgard E. Murillo

Un escritor mexicano dijo (no digo su nombre porque no me consta que lo haya dicho) que en América Latina no ha habido revoluciones; sólo revueltas. Mentira. Aún tiemblo de emoción al leer el Estatuto Fundamental: “… Deróganse la actual Constitución Política y las Leyes Constitucionales… Declárase disuelta la Guardia Nacional de Nicaragua, la Oficina de Seguridad Nacional y el Servicio de Inteligencia Militar, y, en consecuencia, derogadas todas las leyes, reglamentos y ordenanzas que la gobiernan”. Eso sin mencionar la nacionalización de la banca, las minas y el comercio exterior, por citar la parte formal.

II

Lo mejor de la revolución fue la alfabetización, y en segundo lugar, la reforma agraria. Tanto la una como la otra preconfiguraron el  cambio del estado de cosas.

III

La urgencia por derrocar a Somoza y la fe de la mayoría de los combatientes, hizo del sandinismo un híbrido de nacionalismo, cristianismo comprometido y buscadores de la igualdad utópica. A otro con el cuento que este país fue comunista en el sentido marxista o peyorativo de la palabra. Sigue leyendo

El arte que nos dejó la Guerra Fría

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Por Edgard E. Murillo

En la Nicaragua provinciana, allá por la Semana Santa de 1962, la orquesta Los Solistas del Terraza lanzó a las hertzianas una canción que tenía por título Gagarin. Supe de la tonada por medio de mi padre, quien la tarareaba cuando el cielo nocturno se prendía de estrellas.

Por muchos años creí que se trataba de alguna broma de mi progenitor, pues ninguna persona me confirmaba la existencia de la cancioncita, hasta que un buen día, para tranquilidad mía, la encontré en Youtube. Al fin pude escuchar una de las primeras participaciones artísticas pinoleras acerca de una guerra que recién arrimaba a este lado del Atlántico, y nada mejor que hacerlo diciéndole a los rusos que la hazaña de su mimado cabía mejor en un danzón que en una revista científica.    Sigue leyendo

Los de afuera

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Por Edgard E. Murillo

A mediados de los años setenta una noticia fuera de lo común alborotó el país, y en especial el barrio donde este narrador vivía. Unos vecinos que estaban de paseo por Poneloya o Masachapa, no recuerdo el balneario, decidieron posar con el mar a sus espaldas para sacarse una foto familiar. Cuando revelaron las fotografías, arriba de sus cabezas felices, cruzando el cielo se veía una mancha difusa multicolor que todos, incluyendo un diario de circulación nacional, atribuyeron a un objeto volador no identificado. Ante el extraordinario hallazgo, mis vecinos se hicieron famosos, pues se trataba de una foto donde aparecía toda la familia sin excepción. Sigue leyendo

El juicio de la belleza

“Ya surja del mar o de su lecho, ya se llame Venus o Niní, jamás se inventará nada mejor que la mujer desnuda”  Renoir.

El pintor tenía toda la razón del mundo; terminé de convencerme la tarde que vi andar por primera vez a una mujer desnuda. No era lo mismo ver una fotografía de la revista Playboy que apreciar un cuerpo erguido en movimiento; la diferencia era escalofriantemente abismal. Ella  apareció del fondo de un vestidor de junco, caminaba despacio y me miraba sin asomo de vergüenza. Intenté decirle algo pero estaba seguro que no podía escucharme; como fue algo repentino, no sabía dónde dirigir mi atención. El conjunto de su cuerpo, equilibrado y perfecto, era asaz hermoso para ser verdad; sentí una opresión en el pecho que estalló en miles de partículas, como las que se desprenden de los fuegos artificiales. Ella se llamaba Sylvia, era actriz y en esa ocasión hacía llamarse Emmanuelle. Sigue leyendo

Cuando la laguna ardió

Por Edgard E. Murillo

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El 16 de marzo de 1772 el volcán Masaya tuvo una violenta erupción; un torrente rojiamarillo fue regurgitado a velocidad alarmante en dirección a los poblados de Nindirí y Masaya. Los nindiriseños sacaron en procesión al Señor de la Misericordia clamando que cesara aquel infierno ocasionado, según ellos, por los pecados amontonados sin mediar confesión, mientras que los monimboseños hacían lo suyo con la Virgen de la Asunción. El cielo estaba oscuro debido a la lluvia incesante de ceniza, el suelo retumbaba y había incendios por doquier. Pocos pudieron huir hacia Granada (dicen que el alcalde de esa ciudad cerró las puertas a los damnificados). Un brazo de mar de lava bajó hasta las profundidades de la laguna cuya ebullición dio valor agregado al pánico existente. La multitud rezaba y se arrepentía de los pecados propios y ajenos. De pronto, el magma aniquilador que se dirigía hacia Nindirí se detuvo y cambió de curso. Sigue leyendo

La América Nuestra

Por Edgard E. Murillo

Azotadas por las olas, las tres pequeñas embarcaciones seguían rumbo al Oeste; habían aparecido algunas algas flotando a la deriva pero el horizonte seguía tragándose el mar. Si bien las naves se habían aprovisionado de agua y pescados por su paso en las Canarias, la comida empezaba a escasear. Algunas noches los hombres creían escuchar quejidos y ruidos provenientes desde las profundidades del océano, ocasionándoles pavor; y en otras les parecía que aquel viaje sin punto de llegada era un castigo por haber seguido la ambición de obtener unas cuantas monedas. Sigue leyendo