La silueta de Eva

eeee

Por Edgard E. Murillo

Había despertado mientras el cirujano cosía la herida, aturdido por la anestesia introducida entre dos vértebras, atado a una angosta camilla y rodeado de enmascarados que pretendían ser amables. El quirófano estaba frío, más allá de lo soportable para una persona envuelta por una bata verde que dejaba descubierta la parte de atrás. Minutos después un camillero me trasladó a la sala de los convalecientes donde había cuatro camas dispuestas una frente a otra. En la más cercana a la puerta una mujer dormía boca arriba cubierta parcialmente por una sábana que tenía el nombre del hospital. Sigue leyendo

Ya sé de donde vienen

enfermeras

Por Edgard E. Murillo

A las dos de la tarde, un martes antes de Navidad, entré al quirófano. Iba descalzo y enfundado por una ridícula bata verde que sólo cubría la parte de adelante porque los modistas hospitalarios no han diseñado un traje que sepa combinar el recato con la utilidad. Me hicieron acostar en una estrecha camilla mientras una enfermera hacía preguntas que son imposibles de recordar debido al estado de nerviosismo en que me encontraba; me canalizó para la administración de medicamentos y puso unas cosas pegajosas en mi pecho conectadas a una máquina que hacía ruidos como sonar de submarino; la anestesióloga, que es amiga mía, utilizó algo que me pinchó la columna; pronto llegó el médico enmascarado, inyectaron sedante en la manguerita del suero y cuando les dije que ya no sentía mis piernas empezaron lo que ellos llaman el procedimiento. Pedí que quitaran la música espantosa que salía de algún lugar, cosa que hicieron de buen humor, luego me quedé dormido. Desperté cuando sentí que me estaban apretando “por dentro”, me quejé, la enfermera dijo que era imposible que sintiera dolor, le dije que no era ella la que estaba en la camilla. Me quedé despierto hasta la última puntada. Sigue leyendo