Don Salomón se va al cielo

Por Edgard E. Murillo

El día de San Jorge, a la hora de la radionovela del mediodía, don Salomón, paciente de neumonía y abuelo materno de Hildebrando Ocaña, entró en agonía. Su hija Doris Leonor escurría una olla de frijoles cuando escuchó un lamento profundo; al principio pensó que se trataba de voces provenientes de la radionovela, pero al acercarse a su padre advirtió el cambio de respiración que los moribundos utilizan para emprender el último viaje.  La mujer dejó caer la olla y gritó a Hildebrando, hijo, tu abuelo se nos va. Sigue leyendo

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Mensajes navideños

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Por Edgard E. Murillo

La víspera de Navidad me dediqué un rato a poner mensajes de texto a varios de mis contactos que tengo en el celular. Los destinatarios fueron aquellos que no llamé ni me llamaron en todo el año, esos que por mero trámite me pidieron que guardara su número pero que por diversas razones (cualquiera que se imaginen) me había resistido a borrar, con la certeza casi absoluta que ellos ya me habían eliminado de sus contactos por razones que desconozco y que no quisiera saber. Pues bien, no se trataba de mensajes típicamente navideños, sino de bromillas para el precalentamiento de la Nochebuena. Encontré a Rosalina y le escribí: “Hola mi curvilínea colega, Feliz Navidad”. Sigue leyendo

Titulares

Front pages from newspapers around the world after Donald Trump becomes the President of the United States

Por Edgard E. Murillo

Cansado estoy de ver, leer y escuchar las mismas noticias en todas las épocas. Ya nada parece asombrarme; como que los tiempos de las extrañezas y las noticias de arrebato fueran cosas del pasado. Que estalló una guerra tribal en el Medio Oriente, que un político mutó de pellejo partidario o que una miss universo erró en la ubicación geográfica de un país, son variaciones de una misma melodía. Lo predecible por lo repetitivo. Por eso cada vez leo menos los diarios para informarme; no porque prefiera hacerlo por medio de la televisión, o por conducto del periodismo flash de las redes sociales, sino porque las noticias, en su mayoría, se me antojan aguadas, cansinas y hartamente sabidas, como monas vestidas de seda. La única noticia que me agarró fuera de base en los últimos tiempos fue la renuncia de Benedicto XVI. Antes y después de eso, nada. Ni siquiera la visita de Obama a Cuba me desacomodó de la butaca. Sigue leyendo

Mis palabras desconocidas

Por Edgard E. Murillo

¿Alguien recuerda cuál fue la primera palabra que buscó en el diccionario? ¿Habrá sido pastizal, dintel, augurio, neumonía? Imposible saberlo. Cuando me encuentro con una palabra que por más que quiera no logro entender, antes que descienda la curiosidad por su significado, entro a Google, la escribo en la barra de búsqueda, hago click y tres segundos más tarde aparecen las opciones de respuesta. Si la palabra satisfecha es de las que engancha, es muy posible que no la olvide. ¡Bendito Google y demás buscadores! ¡Cuántas angustias me hubiese ahorrado el internet de haber existido cuando mis huesos no habían dejado de crecer! Sigue leyendo

La risa y el encogimiento de la cola

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Por Edgard E. Murillo

Ayer por la tarde mientras estaba rellenando un agujero ocasionado por las lluvias resbalé y caí sentado de sopetón. Pensé: “Si he tenido cola me la jodo”. Entonces imaginé cómo seríamos con cola, cómo la llevaríamos en nuestro andar, en fin, cómo sería la cola de Perla o de Elizabeth ¿La andaríamos enrollada o la mostraríamos a través de una bragueta trasera de nuestros pantalones o faldas? La aventura imaginativa me llevó a los adornos de la cola en épocas de verano o de navidad. Dudé si nuestras colas serían completamente lampiñas o con un pequeño mechón de pelo en la punta, como la de los leones. Recordé que en la escuela nos dijeron que nuestros ancestros perdieron la cola al bajar de los árboles ya que no la utilizarían más para columpiarse de rama en rama. Esa explicación jamás me convenció.
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Tiré tu pañuelo al río (O cómo reencarnar en el intento)

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Por Edgard E. Murillo

Cuando fui niño me prometí ser cantante de grande; como no lo fui por falta de energías, llegué a decir que lo sería en la otra vida. La culpa la tuvo Julio Iglesias en su primera — y creo que única— visita a Nicaragua. Recuerdo que me cautivó el griterío de las mujeres y el aplomo con que cantaba La vida sigue igual y Tiré tu pañuelo al río. Esto es lo mío, me dije, y así se lo hice saber a mis padres. Pero la respuesta de ellos me puso triste. Si querés ser cantante, tenés que vencer la timidez. Quedé paralizado. Aún me faltaban muchos años para que eso medio sucediera. Sigue leyendo

Los de afuera

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Por Edgard E. Murillo

A mediados de los años setenta una noticia fuera de lo común alborotó el país, y en especial el barrio donde este narrador vivía. Unos vecinos que estaban de paseo por Poneloya o Masachapa, no recuerdo el balneario, decidieron posar con el mar a sus espaldas para sacarse una foto familiar. Cuando revelaron las fotografías, arriba de sus cabezas felices, cruzando el cielo se veía una mancha difusa multicolor que todos, incluyendo un diario de circulación nacional, atribuyeron a un objeto volador no identificado. Ante el extraordinario hallazgo, mis vecinos se hicieron famosos, pues se trataba de una foto donde aparecía toda la familia sin excepción. Sigue leyendo

Para no desesperar en el cielo

Por Edgard E. Murillo

Hace un año fui a la Corte Suprema de Justicia a entregar el reporte de las escrituras que como notario había autorizado el año anterior. A las nueve de la mañana ya había más de cien personas sentadas y otras tantas de pie. Le hice un lugar a mi colega Patricia quien se incorporó a la fila después de realizar unas gestiones en Secretaría. Detrás de varias mesas pegaditas cubiertas de manteles blancos que aparentaban ser una sola mesa, seis guapas funcionarias recibían los documentos con esmero y lupa, como debe ser.

Mientras la fila avanzaba con lentitud recordé mis temores acerca del ingreso al cielo, o en su defecto el infierno, dependiendo de criterios que no vienen al caso mencionar. Le dije a Patricia que seguramente la entrada al cielo debe ser muy bulliciosa e incómoda debido a la cantidad de personas que se disponen penetrar por una única puerta. Y aun habiendo seis recepciones — como en la Corte Suprema — o diez o cien, siempre habría atraso e inconformidad. ¿Cuántas personas mueren cada día? Durante la Segunda Guerra Mundial la cantidad diaria de muertes a causa de las bombas, los balazos y el hambre, superaban los 22,000. Eso sin contar las muertes naturales. Supongo que todas las personas muertas en una guerra, por el hecho de morir prematuramente y de forma violenta, tienen visa segura al cielo. Si es así entonces hay más gente (o almas) en el cielo que en el infierno. Patricia me dijo que en caso que la fila en el cielo estuviere muy larga, ella me guardaría un lugar con mucho gusto, en el entendido que tomara ella la delantera. Yo también, le respondí con agradecimiento. Sigue leyendo

Querido diario

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Por Edgard E. Murillo

3 de diciembre

La nariz no debió haber existido, hubiese bastado un par de hoyitos en la cara, al estilo Michael Jackson. Digo esto porque uno tiene que inclinar la cabeza (siempre al mismo lado) para lograr un beso decente.

El karma, el feng-shui y la telequinesis no me interesan en absoluto. Soy más de cosas que hacen reír, como leer el Diario Debate de la Asamblea Nacional o cortarme las uñas los domingos por la noche.

Sigo creyendo que los Rolling Stones la siguen fumando verde.

5 de diciembre

Mi amiga D.S. se las tira de femme fatale. Tiene su gracia, es verdad, pero si conoce a un varón y éste no le piropea, enseguida lo tilda de invertido. Ayer la vi y lucía maravillosa.

Pasé tres horas tratando de recordar el nombre del actor de la película La Naranja Mecánica. Cuando el nombre estalló en mi cabeza casi salgo corriendo como Arquímedes de Siracusa. En tanga, por supuesto.

No me quita el sueño haber dejado a medio palo la Divina Comedia. A Dante se le olvidó poner que sus lectores quedarían perdidos para siempre en el Purgatorio. Sigue leyendo

Las categorías del amor

Por Edgard E. Murillo

Las mujeres son excelentes conversadoras; no hay ninguna que, por muy callada que sea, se quede sin decir nada frente a la posibilidad de una buena argumentación o un delicioso cuestionario. Sin embargo son reacias para hablar asuntos del amor. Hace unos años pregunté a varias amigas que cuántas veces se habían enamorado. Curioso: Las respuestas que me dieron guardaban idéntica relación con el número de hijos que habían tenido en aquellos casos que los hijos eran de diferentes hombres. Así, Rosa, que tenía un hijo de Juan y otro de Fernando, dijo que se había enamorado dos veces; y Marina, que tenía un hijo de David, otro de Ángel y una niña de Ramiro, dijo que solamente se había enamorado en tres ocasiones. Las que no tenían hijos anunciaban la cifra atendiendo el número de hombres que yo les había conocido. Ninguna expresó haberse enamorado más de tres veces. Mentirosas todas. Vivir en un mundo machista empuja a las mujeres a esconder su palmarés amatorio. Es como un reflejo de autodefensa. Pero tampoco se vale mentir diciendo que solo se han enamorado una o dos veces y que nunca más de tres. Sigue leyendo