Cuando el amor llega así (de esa manera)

Por Edgard E. Murillo

Dicen que las parejas que conviven por largo tiempo terminan configurando una entidad bastante interesante; que la creación de rituales compartidos los hace no solo adquirir guiños y expresiones similares, sino parecerse el uno con el otro hasta el punto que podría decirse que son dos hermanos que han morado bajo el mismo techo. Este tipo de relaciones que desafían el tiempo son cada vez más escasas y talvez por ello vemos deambular descaradamente a tantas parejas disparejas que más bien son arquetipos de algún relato de terror fantástico. Sigue leyendo

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Pequeños relatos coyunturales

Por Edgard E. Murillo

ENGAÑOS

Alfonso Ruiz iba conduciendo su Hyundai Accent cuando le salieron al paso cuatro estudiantes encapuchados. Uno de ellos, mortero en mano, le dijo que para dónde se dirigía. A la Upoli, contestó. Alfonso estiró los cachetes dibujando una sonrisa, de esas que dicen tranquilo que no soy peligroso. Los encapuchados le indicaron que continuara su rumbo por una callejuela y que luego girara a la derecha. Pero Alfonso Ruiz desde pequeño había tenido dificultades para diferenciar la derecha de la izquierda, a menos que se viera las manos y se repitiera “Esta es la izquierda y esta la derecha”, algo que por vergüenza no hizo delante de los que le habían señalado la ruta a seguir. Alfonso giró a la izquierda creyendo que era la derecha, donde se encontró con una barricada desde la cual le arrojaron piedras de variado calibre. Con el parabrisas roto y abolladuras en el capó, Alfonso Ruiz, al ser preguntado por el infortunio, contestó entre lágrimas: “De ahora en adelante, a mí la derecha no me engaña”. Sigue leyendo

¡Un momento señor juez!

Por Edgard E. Murillo

Mi amigo Agustín, que no en balde lleva ese nombre de santo, no pudo aguantarse las ganas de contarme las incidencias del proceso judicial que a inicio de los años ochenta se siguió en contra de Juancito Oporta, capataz de la hacienda El recodo. Como Agustín relató los detalles del juicio una noche de tragos hace bastantes años, cuando él bebía sin causa, y yo por donde iba la gente, es posible que existan inexactitudes respecto a las generales de ley de algunos de los protagonistas y otros aspectos que valdría la pena mencionar si esto fuese una crónica periodística, pero como no lo es, al carajo si uno de ellos era casado o soltero, amancebado o adúltero. Sigue leyendo

Antiaforismos (III parte)

Por Edgard E. Murillo

Yo soy yo y mis acreedores.

El olvido nada tiene que ver con el tiempo, solo con lo que no nos conviene.

Ser Dios debe ser terriblemente difícil: desconoce la sorpresa, carece de divinidades, no recibe un beso, y por si fuera poco, no le da tregua el diablo.

Hay dos tipos de hombres felices: los que lo son y yo.

De niño, la primera regla gramatical que aprendí fue que los nombres propios se escriben en mayúsculas; y la segunda que los hijueputas no son hijos de puta alguna, sino simplemente hijueputas, no importa el oficio de su progenitora. Sigue leyendo

Don Salomón se va al cielo

Por Edgard E. Murillo

El día de San Jorge, a la hora de la radionovela del mediodía, don Salomón, paciente de neumonía y abuelo materno de Hildebrando Ocaña, entró en agonía. Su hija Doris Leonor escurría una olla de frijoles cuando escuchó un lamento profundo; al principio pensó que se trataba de voces provenientes de la radionovela, pero al acercarse a su padre advirtió el cambio de respiración que los moribundos utilizan para emprender el último viaje.  La mujer dejó caer la olla y gritó a Hildebrando, hijo, tu abuelo se nos va. Sigue leyendo

Mensajes navideños

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Por Edgard E. Murillo

La víspera de Navidad me dediqué un rato a poner mensajes de texto a varios de mis contactos que tengo en el celular. Los destinatarios fueron aquellos que no llamé ni me llamaron en todo el año, esos que por mero trámite me pidieron que guardara su número pero que por diversas razones (cualquiera que se imaginen) me había resistido a borrar, con la certeza casi absoluta que ellos ya me habían eliminado de sus contactos por razones que desconozco y que no quisiera saber. Pues bien, no se trataba de mensajes típicamente navideños, sino de bromillas para el precalentamiento de la Nochebuena. Encontré a Rosalina y le escribí: “Hola mi curvilínea colega, Feliz Navidad”. Sigue leyendo

Titulares

Front pages from newspapers around the world after Donald Trump becomes the President of the United States

Por Edgard E. Murillo

Cansado estoy de ver, leer y escuchar las mismas noticias en todas las épocas. Ya nada parece asombrarme; como que los tiempos de las extrañezas y las noticias de arrebato fueran cosas del pasado. Que estalló una guerra tribal en el Medio Oriente, que un político mutó de pellejo partidario o que una miss universo erró en la ubicación geográfica de un país, son variaciones de una misma melodía. Lo predecible por lo repetitivo. Por eso cada vez leo menos los diarios para informarme; no porque prefiera hacerlo por medio de la televisión, o por conducto del periodismo flash de las redes sociales, sino porque las noticias, en su mayoría, se me antojan aguadas, cansinas y hartamente sabidas, como monas vestidas de seda. La única noticia que me agarró fuera de base en los últimos tiempos fue la renuncia de Benedicto XVI. Antes y después de eso, nada. Ni siquiera la visita de Obama a Cuba me desacomodó de la butaca. Sigue leyendo

Mis palabras desconocidas

Por Edgard E. Murillo

¿Alguien recuerda cuál fue la primera palabra que buscó en el diccionario? ¿Habrá sido pastizal, dintel, augurio, neumonía? Imposible saberlo. Cuando me encuentro con una palabra que por más que quiera no logro entender, antes que descienda la curiosidad por su significado, entro a Google, la escribo en la barra de búsqueda, hago click y tres segundos más tarde aparecen las opciones de respuesta. Si la palabra satisfecha es de las que engancha, es muy posible que no la olvide. ¡Bendito Google y demás buscadores! ¡Cuántas angustias me hubiese ahorrado el internet de haber existido cuando mis huesos no habían dejado de crecer! Sigue leyendo

La risa y el encogimiento de la cola

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Por Edgard E. Murillo

Ayer por la tarde mientras estaba rellenando un agujero ocasionado por las lluvias resbalé y caí sentado de sopetón. Pensé: “Si he tenido cola me la jodo”. Entonces imaginé cómo seríamos con cola, cómo la llevaríamos en nuestro andar, en fin, cómo sería la cola de Perla o de Elizabeth ¿La andaríamos enrollada o la mostraríamos a través de una bragueta trasera de nuestros pantalones o faldas? La aventura imaginativa me llevó a los adornos de la cola en épocas de verano o de navidad. Dudé si nuestras colas serían completamente lampiñas o con un pequeño mechón de pelo en la punta, como la de los leones. Recordé que en la escuela nos dijeron que nuestros ancestros perdieron la cola al bajar de los árboles ya que no la utilizarían más para columpiarse de rama en rama. Esa explicación jamás me convenció.
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