Sofía y el mar

Por Edgard E. Murillo

Anticipada por un escalofrío, Sofía giró lentamente y se tumbó en la playa boca arriba. Una nube nacarina cubría el sol que se recostaba a su izquierda. Al cruzar una pierna y verse el empeine imaginó los pies grandes que tenía Greta Garbo; vio la inmensidad del cielo, ya sin nubes y camaleónico, y pensó en el ruido que hacen las estrellas cuando se están consumiendo; llenó de aire sus pulmones y olió, o supuso oler, el vaho denso y dulzón que sale de las cervecerías caseras de Praga que nunca conocería; el murmullo del oleaje le hizo ver despierta los sueños recurrentes acerca de una remota  erupción volcánica, como la que vio Plinio El Joven desde el promontorio Miseno; cuando atrapó y sopesó un poco de arena en la palma de su mano lamentó que Stephen Hawking no pudiera moverse ni hablar, teniendo tantas cosas que decir; el graznido de una gaviota provocó que evocara el silencio acogedor de las bibliotecas que conoció en su infancia, antes de la invención de la mala educación; su diafragmática respiración le recordó la energía sexual reprimida que debían tener, seguramente, las monjas enclaustradas; intentó percibir la rotación terrestre y pensó que también las caricias podrían circunnavegar; y como siguió acostada en la arena sin reparar en el tiempo, una lengua de espuma llegó a su brazo extendido, por lo que creyó que aquello era la saliva o la leche de la Tierra; y la música que desvaída flotaba desde alguna parte le pareció una insinuación que ansiosa trataba de interpretar. Un cangrejito subió por una de sus caderas y se quedó asustado cerca del ombligo. Sofía sintió cosquillas; entonces se levantó, recogió el mar, lo metió en su bolso y se fue divina a buscar una botella de vino.

Mar para mí