La mujer del diablo

Por Edgard E. Murillo

La noticia tomó a Teresa por sorpresa. A pesar que poseía habilidades para captar la intención de las caricias antes que éstas fueran a posarse en sus manos, inicialmente pensó que aquél beso fugaz se trataba de un juego, de esos que los enamorados inventan para creerse que son la pareja más original del universo, mas nunca se imaginó que lo que quería Augusto era pedirle matrimonio. El día que lo hizo, ella inventarió mentalmente los gastos de la boda, la lista de los invitados y el diseño de su vestido. Cuatro años de noviazgo merecían la mejor  cereza de la cosecha sobre el pastel. Sigue leyendo

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Esta entrada es a propósito

Por Edgard E. Murillo

Cuando el calor del verano uniforma el cielo, y todo cuanto está debajo de él, pienso en cosas que no suelo pensar de ordinario: que si se detiene de repente la Tierra nos jodemos todos; que si las estrellas no sean más que luciérnagas gigantes que Dios utiliza para reírse de nosotros; que si a lo mejor ya he muerto varias veces, porque nadie sabe lo que es morirse. Cosas así. Son pensamientos fugaces pero recurrentes durante los meses de marzo y abril. Sigue leyendo

Alfredo, el viajero

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Por Edgard E. Murillo

Sin repensarlo Alfredo se dio cuenta que estaba muerto desde que abrió los ojos. Habitaba en él una sensación similar al abandono, carente de centro de gravedad, diferente al sueño o al éxtasis sensual. Siempre le había perturbado la idea de cómo sería la muerte y ahora estaba ahí, ávido y solo, sin más cuestionamientos que la propia perplejidad. Lo cegó un resplandor, pero en lugar de caminar hacia él como dispone la leyenda urbana, hizo un rodeo para adentrarse en una escena cada vez más espaciosa, blanquísima, donde apenas se dejaba ver el piso para no perder el paso. Sigue leyendo

El secreto de Simonetta

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Por Edgard E. Murillo

Así como todos tenemos secretos más o menos inconfesables, no porque sean desvergonzados sino porque su revelación doblegaría nuestra imagen pública, contamos además con algunas virtudes escondidas que por alguna razón preferimos dejar en el anonimato. El balance entre lo que aparentamos y ocultamos arroja nuestra personalidad exacta, la que tenemos que matizar para ver si engañamos a San Pedro el día que nos vayamos al otro barrio.

Estuve tentado a narrar mis secretos, pero esta faena se la dejo a mis biógrafos, caso que lleguen a existir; en cambio, el único secreto de Simonetta, ese sí, ese sí merece ser contado, y si lo hago ahora es porque es tan insólito que nadie lo creería, y por la misma razón ella ni siquiera ha intentado censurar mi lengua para que no lo divulgue.

Sin ánimos de entrar en detalles inoportunos, diré que Simonetta es alta, delicada de maneras y amigable con el medio ambiente, pues ella ornamenta el lugar donde esté. Le gusta caminar descalza sobre la playa, también leer las líneas de las manos y tomar café sin azúcar siempre a la misma hora. En otra vida, según me dijo, había sido coleccionista de mariposas y marchante de arte; de ahí su afición por pintar amplios espacios azules con aleteos monocromáticos. Sigue leyendo

Cuarto de lavandería

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Por Edgard E. Murillo

Al Poniente de la ciudad, en un llano pedregoso donde parecía que nunca llegarían a crecer árboles de mediano tamaño, se encuentra el Convento de Santa Teresa. Construido a mediados del siglo pasado, fue uno de los referentes arquitectónicos más sobresalientes de la Vieja Managua. Además de las internas,  por allí pasaron más de cuatrocientos alumnos de ambos sexos. Durante lo que podríamos llamar la “edad de oro” del convento, todo el segundo piso y la sección de la planta baja que colindaba con la capilla lo ocupaban los dormitorios de las novicias; el tercero estaba destinado a los talleres de corte y confección, aunque después del terremoto quedó abandonado debido a fallas en el sistema de drenaje. La forma rectangular del edificio permitió que en su interior se levantara una fuente donde caimanes de cemento brotaban eternamente agua de sus narices. Arriba, en el último y cuarto piso, cortado por un balcón de madera, sobre el estrecho pasillo de mosaicos, se llegaba a una puerta doble con ventanas de vidrio. Allí estuvo, por muchos años, el cuarto de lavandería. Sigue leyendo

Lo que Keyla se llevó

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Por Edgard E. Murillo

Esa noche cayó la primera lluvia fuerte. La escorrentía había lengüeteado las calles tornándolas brillantes y acaso por esa razón podría decirse que el cielo no estaba del todo oscuro. En un callejón que daba a un estacionamiento, tras una valla metálica, sobresalía la casa donde Keyla había citado a Bruno con tres días de anticipación.

Bruno Castillo arribó a las seis menos diez en su Tercel del 98 y corrió hasta el porche porque aun lloviznaba. Después de secarse la cabeza con una toalla que le había pasado Keyla, el hombre deambuló unos minutos por la sala, viendo a través de las ventanas y anunciando que la noche prometía estar metida en agua y de otras cosas. Keyla lo besó. Sigue leyendo

Tiré tu pañuelo al río (O cómo reencarnar en el intento)

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Por Edgard E. Murillo

Cuando fui niño me prometí ser cantante de grande; como no lo fui por falta de energías, llegué a decir que lo sería en la otra vida. La culpa la tuvo Julio Iglesias en su primera — y creo que única— visita a Nicaragua. Recuerdo que me cautivó el griterío de las mujeres y el aplomo con que cantaba La vida sigue igual y Tiré tu pañuelo al río. Esto es lo mío, me dije, y así se lo hice saber a mis padres. Pero la respuesta de ellos me puso triste. Si querés ser cantante, tenés que vencer la timidez. Quedé paralizado. Aún me faltaban muchos años para que eso medio sucediera. Sigue leyendo

Los de afuera

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Por Edgard E. Murillo

A mediados de los años setenta una noticia fuera de lo común alborotó el país, y en especial el barrio donde este narrador vivía. Unos vecinos que estaban de paseo por Poneloya o Masachapa, no recuerdo el balneario, decidieron posar con el mar a sus espaldas para sacarse una foto familiar. Cuando revelaron las fotografías, arriba de sus cabezas felices, cruzando el cielo se veía una mancha difusa multicolor que todos, incluyendo un diario de circulación nacional, atribuyeron a un objeto volador no identificado. Ante el extraordinario hallazgo, mis vecinos se hicieron famosos, pues se trataba de una foto donde aparecía toda la familia sin excepción. Sigue leyendo

El pelón que quitaba el miedo

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Por Edgard E. Murillo

El sábado por la noche reacomodé los papeles de los archivos que tengo en casa, boté facturas viejas, encontré fotografías que ya no recordaba dónde las había guardado, hice carpetas desde la A hasta la Z; me detuve para leer una que otra anotación breve escrita en un cuaderno de apuntes: ideas fugaces, palabras desconocidas y fechas para hacer los pagos de los servicios; puse la radio (La programación a medianoche es mejor que la del día, talvez porque los locutores diurnos tienen buena voz pero pésimos gustos musicales); abrí las ventanas de par en par, revisé si los libros estaban en el orden establecido, los de derecho en medio, arriba los de literatura y a la izquierda los demás, todo perfecto; de pronto empezó a soplar un viento fresco del sureste que me obligó a poner pesas sobre los papeles; me fijé que había una retratera sin foto sobre el único librero que tiene vidrio, entonces saqué una fotografía de un álbum; no calzaba, saqué otra, esa sí; le había dicho a Jeanette meses atrás que me veía muy serio en esa toma, ella insistió que no, que también debería de mostrar de vez en cuando mi lado serio; le dije que mi lado serio era un poco risueño y ella estuvo de acuerdo. Encontré recortes de periódicos amarillísimos: un reportaje extenso sobre Rimbaud que El Nuevo Amanecer Cultural publicó en 1991; un artículo de marxismo antiestalinista escrito por Erick Aguirre de 1992 y el calendario de juegos del Mundial de Fútbol de 1994, entre otras perlas. Cogí un folder nuevo y los guardé todos allí. Algún día me servirán, me consolé. Sigue leyendo

El visitante del Delta Blues

Por Edgard E. Murillo

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El cruce entre la autopista 61 con la 49 en Clarksdale, Mississippi, es el lugar que los amantes del blues y los seguidores de leyendas quisieran conocer. Fue allí mismo, en una noche sin Luna, donde el atormentado Robert Johnson vendió su alma al diablo a cambio de tocar el blues como ningún mortal lo había hecho jamás.

Dos pasiones arrebatadas tuvo Robert Johnson: el blues y las mujeres; la primera de ellas le dio el sentido de la existencia, en tanto la segunda le llevó de la mano hacia un final que bien pudo ser alguna de sus canciones. Habría sido un pescador de aguas mansas, o un dedicado cortador de algodón en las planicies del Sur, como lo habían sido sus abuelos esclavos, pero nada lo sedujo más que cantar y tocar la guitarra. Durante su infancia llevó el apellido Spencer hasta que su madre le contó que su verdadero padre había sido Noah Johnson, un disoluto amante que había desaparecido como si nada, por lo que a partir de entonces  Robert cambió el apellido y decidió buscar a su padre para conocerlo. Sigue leyendo