La causa de los mártires

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Por Edgard E. Murillo

Los héroes mueren jóvenes, decían los griegos. Por eso los viejos podrán llegar a ser sabios, pero jamás héroes, no importa que en algún momento de sus vidas hayan realizado actos heroicos, pues la muerte prematura consagrada a una causa vale más que los infinitos méritos de los veteranos.

Ante la ruptura del ciclo natural de la vida, la humanidad desde tiempos homéricos ha entendido la sangre de los mártires como el sacrificio máximo respecto al cual debemos rendir el mayor de los honores. El mártir no dice: “voy a hacerme mártir”. Si el martirio acontece es porque su conducta, o más bien su decisión, exige una fidelidad más fuerte que el apego a la vida, como bien lo ha expresado Antonio M. Baggio, profesor de la Pontificia Universidad Gregoriana de Roma. Sigue leyendo

Don Salomón se va al cielo

Por Edgard E. Murillo

El día de San Jorge, a la hora de la radionovela del mediodía, don Salomón, paciente de neumonía y abuelo materno de Hildebrando Ocaña, entró en agonía. Su hija Doris Leonor escurría una olla de frijoles cuando escuchó un lamento profundo; al principio pensó que se trataba de voces provenientes de la radionovela, pero al acercarse a su padre advirtió el cambio de respiración que los moribundos utilizan para emprender el último viaje.  La mujer dejó caer la olla y gritó a Hildebrando, hijo, tu abuelo se nos va. Sigue leyendo

Esta entrada es a propósito

Por Edgard E. Murillo

Cuando el calor del verano uniforma el cielo, y todo cuanto está debajo de él, pienso en cosas que no suelo pensar de ordinario: que si se detiene de repente la Tierra nos jodemos todos; que si las estrellas no sean más que luciérnagas gigantes que Dios utiliza para reírse de nosotros; que si a lo mejor ya he muerto varias veces, porque nadie sabe lo que es morirse. Cosas así. Son pensamientos fugaces pero recurrentes durante los meses de marzo y abril. Sigue leyendo

¿Inmortal? No, gracias

Por Edgard E. Murillo

Hoy por la mañana lo primero que pensé al abrir los ojos fue que a la eternidad se le antoja manifestarse de diferentes maneras, pero por muy breves momentos. Puede ser capturada en un inesperado suspiro, en el trinar de un pájaro dominguero, en el olor a tierra mojada e incluso en cosas que nada tienen que ver con el tiempo, porque si uno piensa en medidas temporales la sensación de continuidad ad perpetuam se descalabra y degenera en asunto de efímera existencia. No vaya a creerse, sin embargo, que las eternidades surgen cuando uno quiere. A veces ni siquiera nos damos cuenta. Suele ocurrir que un instante perpetuo se nos escurra de las manos cuando creíamos tenerlo de los pelos y no hay cosa más difícil que recuperarlo o que se repita con solo anhelarlo. Convertirse en cazadores de eternidades es lo más tenaz de este mundo.  Sigue leyendo

Alfredo, el viajero

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Por Edgard E. Murillo

Sin repensarlo Alfredo se dio cuenta que estaba muerto desde que abrió los ojos. Habitaba en él una sensación similar al abandono, carente de centro de gravedad, diferente al sueño o al éxtasis sensual. Siempre le había perturbado la idea de cómo sería la muerte y ahora estaba ahí, ávido y solo, sin más cuestionamientos que la propia perplejidad. Lo cegó un resplandor, pero en lugar de caminar hacia él como dispone la leyenda urbana, hizo un rodeo para adentrarse en una escena cada vez más espaciosa, blanquísima, donde apenas se dejaba ver el piso para no perder el paso. Sigue leyendo

Tiré tu pañuelo al río (O cómo reencarnar en el intento)

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Por Edgard E. Murillo

Cuando fui niño me prometí ser cantante de grande; como no lo fui por falta de energías, llegué a decir que lo sería en la otra vida. La culpa la tuvo Julio Iglesias en su primera — y creo que única— visita a Nicaragua. Recuerdo que me cautivó el griterío de las mujeres y el aplomo con que cantaba La vida sigue igual y Tiré tu pañuelo al río. Esto es lo mío, me dije, y así se lo hice saber a mis padres. Pero la respuesta de ellos me puso triste. Si querés ser cantante, tenés que vencer la timidez. Quedé paralizado. Aún me faltaban muchos años para que eso medio sucediera. Sigue leyendo

I see dead people

Por Edgard E. Murillo

No sé desde cuándo, el caso es que veo gente muerta; no muerta en sus mortajas, ni cadavéricas, tampoco fantasmagóricas, simplemente las veo en la calle cuando ya están muertas; sucede que las veo sin saber de su desaparición creyéndolas vivas, algo que me confunde pues jamás se me ocurriría que ya están muertas. Sigue leyendo

Caín y el fin de su maldición

Por Edgard E. Murillo

Adán vivió un montón de años, 960 dicen, así que tuvo mucho tiempo para refugiarse en amores a su gusto y capricho, no solo con Eva, la mordedora de manzanas, sino con cualquiera que le hiciera caso, aunque dudo mucho que haya sido labioso. Abel, como se sabe, murió virgen el pobre, por lo que le correspondió a su fratricida hermano encargarse de la descendencia, ¡Menuda tarea la que le tocó! Caín debió esperar mucho tiempo para que una hermana suya creciera y tuviera edad suficiente para yacer con ella, o bien se ajuntó con alguna sobrina (hija de Set) o con una nieta de su padre, que también sería otra sobrina. ¡Tremenda samotana pletórica de largas y diversas pasiones que apenas me atrevo a imaginar! Pero no por promiscuo Caín fue merecedor de un castigo eterno, sino por haber dado muerte a su hermano. Sigue leyendo

El hombre del sombrero gris

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Por Edgard E Murillo

Dos días después del asesinato de John F. Kennedy, mientras  el principal sospechoso estaba siendo conducido a la cárcel del condado, un hombre fornido de traje negro y sombrero gris inexplicablemente evadió los protocolos de seguridad del cuartel de policía de Dallas, desenfundó un revolver Colt e hirió mortalmente al reo. El nombre del pistolero: Jack Ruby. Un reportero del Dallas Times Herald llamado Bob Jackson sacó una foto justo en el momento del disparo. Sigue leyendo

La misión

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Por Edgard E. Murillo

Igor Sunsín pensó que había olvidado la contraseña hasta que reparó que estaba escribiendo en mayúsculas. Aliviado, una vez dentro de la página, empezó a girar el scroll con el índice mientras repasaba con desgano las actualizaciones de la red social. No se tomaba la molestia de leer los nombres de algunos de sus contactos porque ya conocía las temáticas de sus posts. Sabía que Alejandra adoraba los memes políticos, que Hipólito subía únicamente imágenes de la virgen en todas sus advocaciones, que Desiré era aficionada a las fotografías de ocasos en la playa y que las mujeres sin asomo de pudenda eran las preferidas de Leonardo. Desactivó el chat para merodear tranquilo; esa noche Igor Sunsín quería jugar con el facebook a sus anchas. Luego de reír con las caricaturas de Neymar y del Papa Francisco husmeó en un par de muros ajenos, cosa que lo avergonzaba un poco. Subía y bajaba en busca de algo que le resultara atractivo. De repente le asaltó una inquietud “¿Qué pasará con mi cuenta si muero mañana? ¿Cuánto tiempo estará activada? ¿Un año? ¿Dos?”. Recordó que Octavio Laslo, amigo suyo en la primaria y a quien no veía desde entonces, había fallecido dos años antes. Lamentó mucho su muerte porque jamás tuvo oportunidad de conversar con él para rememorar los alegres años de la escuela. Por mera curiosidad abrió la ventanita del chat, escribió Octavio Laslo y oprimió Enter. La solicitud fue rebotada. Igor rió y cerró la aplicación. Una hora después, cuando estaba por salir del facebook, recibió un mensaje de alguien llamado Octavio Laslo. Sigue leyendo