Pasajero de la ruta 109

Por Edgard E. Murillo

La mujer subió al bus y se sentó en el asiento delante del mío. Aprecié sus rizos castaños, húmedos y sueltos; a mi nariz llegó en remolinos el olor del champú y el perfume dulzón de los afeites; me acerqué y dibujé con la mirada los pliegues de sus orejas, perfectas en proporción y forma, verdaderas joyas griegas que sugerían deleites por encima de la estética o la comparación. Cogió suavemente el cabello con ambas manos, como si estuviese acuerpando una paloma y se hizo una trenza que ornamentó con un prensador en forma de mariposa, dejando a la intemperie el cuello sembrado de finísimos pelillos rubios. ¡Vaya sorpresa la que me llevé! Mientras medía mentalmente el ancho de su cuello, me percaté que las orejas estaban sucias por detrás. Seguramente creyó que nadie se fijaría desde ángulos complicados,  pero allí estaba yo, pasajero de la ruta 109, escrutando la tierra almibarada en las orejas más bonitas que jamás había visto. La mujer se bajó en la parada del cine Salinas, miró hacia el cielo y abrió una sombrilla que hacía juego con la falda color índigo que apenas superaba las rodillas. Era muy guapa en realidad, y para cerciorarme de ello cerré un ojo y después el otro, todo con el propósito de desafiar mi visión estereoscópica, sin embargo su guapura se mantuvo en armonía, a pesar del secreto que guardaban sus orejas. En la medida que el bus se alejaba, la vi caminar sobre la acera con taconeo ufano, casi altanero. Nada es perfecto en este mundo, me dije, en el preciso instante que dio vuelta en una esquina, sacudiendo las caderas.

Composición fotográfica de Otto Magus.

 

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Por Edgard E. Murillo

A las cuatro de la tarde del doce de enero del año dos mil ciento cuarenta y dos, usando una poderosísima máquina del tiempo cuya procedencia revelaré en otra ocasión, arribé a la ciudad donde nací. Como la gente empleaba una jerga de palabras cortadas, quizás por exceso de tecnología, opté por hablar únicamente en casos de extrema necesidad. Más que hablar, mi propósito era conocer, así que lo primero que hice fue recorrer la ciudad y sus alrededores, guiado por la excusa de la comparación. El lago en forma de ocho había sido transformado en un estanque artificial surcado por dieciséis autopistas que se superponían como telarañas, y a lo largo de la costa de medialuna los edificios de cristal que se erguían orondos por las noches se hundían durante el día para evadir el calor. Una mañana quise saber de mí mismo, o sea, visitar mi tumba y averiguar si habría algún descendiente que tuviera mis lunares o mi forma de caminar. En el primer caso no tuve éxito porque el cementerio donde yo había pagado un lotecito en abonos suaves, ya no existía, y nadie me pudo decir dónde habían trasladado los huesos de sus inquilinos. Sigue leyendo

La causa de los mártires

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Por Edgard E. Murillo

Los héroes mueren jóvenes, decían los griegos. Por eso los viejos podrán llegar a ser sabios, pero jamás héroes, no importa que en algún momento de sus vidas hayan realizado actos heroicos, pues la muerte prematura consagrada a una causa vale más que los infinitos méritos de los veteranos.

Ante la ruptura del ciclo natural de la vida, la humanidad desde tiempos homéricos ha entendido la sangre de los mártires como el sacrificio máximo respecto al cual debemos rendir el mayor de los honores. El mártir no dice: “voy a hacerme mártir”. Si el martirio acontece es porque su conducta, o más bien su decisión, exige una fidelidad más fuerte que el apego a la vida, como bien lo ha expresado Antonio M. Baggio, profesor de la Pontificia Universidad Gregoriana de Roma. Sigue leyendo

La culpa la tuvo el González

Por Edgard E. Murillo

No recuerdo cuántas veces fui al cine-teatro González, el que incineraron hace poco y lo declararon de utilidad pública. Calculo que entre 1982 y 1985 asistí a ese barco de fantasía unas cuarenta veces. Allí vi a la jovencísima Susan Sarandon frotarse los pechos con tapitas de limón, a Robert De Niro desguapar la cabeza de un traidor con un bate de beisbol y a Martin Sheen surcar un río vietnamita para eliminar al coronel Kurtz sin tener la sospecha que terminaría siendo como él. También presencié un concierto casi en vivo de Los Beatles. Digo casi porque solo faltaron los melenudos para que todo fuera real: gritos, cantos, histeria, en una palabra, beatlemanía. La película se llamaba Los Beatles en concierto y por varios abriles dicho evento constituyó mi mayor delirio psicosomático.    Sigue leyendo

¡Por fin!

 

Por Edgard E. Murillo

Los memes apocalípticos de las redes sociales, la supuesta tercera guerra mundial y las recientes desventuras de un boxeador venido a menos, ocupan la atención de los nicaragüenses en esta Semana Santa, sin percatarnos que después de la misma la tramitación de los juicios civiles será totalmente diferente. El Código de Procedimiento Civil, de 110 años, uno de los dos pilares jurídicos heredados por el presidente José Santos Zelaya, murió este 8 de abril sin pena ni gloria, y en su lugar lo ha sustituido el esperado Código Procesal Civil de Nicaragua. Sigue leyendo

Quise decir verbal

Por Edgard E. Murillo

En el enmarañado mundo de las relaciones interpersonales no son pocos los que confunden los goces sensuales con el amor. A mí me sucedió una vez lo contrario y fue suficiente para que desde entonces repensara las palabras antes de pronunciarlas, más si se está frente a un público con escasa voluntad analítica. La equivocación tuvo lugar la noche que embrollé la palabra verbal con oral. Como saben, los límites entre esas dos palabras son muy tenues, casi como la que existe entre cielo y arriba. Pero mejor leamos lo que sucedió, así ustedes me darán la razón o me expondrán en el paredón de los reproches. Sigue leyendo

Del agua surge el amor

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Por Edgard E. Murillo

La mujer asienta sus pies con prudencia sobre la arena y los guijarros; el hombre avanza un paso atrás observando la rabadilla de su acompañante que se sumerge lentamente en la laguna. Cuando están cubiertos hasta el cuello, ambos se observan a los ojos manteniendo una sonrisa que dice más cosas que las que pudieran decir las palabras. Se acercan, rozan sus pies y se besan, primero lentamente, después con la intensidad palpitante de la cercanía. En una movida audaz, la mujer rodea con sus piernas al hombre y éste la empuja hacia arriba aprovechando la ligereza de los cuerpos bajo el agua. Y de nuevo las miradas cómplices y las piernas que se trenzan, como si se tratase de dos frentes de batalla: la fragua de los besos en la superficie y el ejercicio de las caderas en la privacidad subacuática. El amor, acuoso y confabulado, se abre paso sin pudor. Sigue leyendo

¡Arriba, que son las cuatro y media!

 

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Por Edgard E. Murillo

Entreabro los ojos y según la disposición de ánimo me faltan dos o tres horas adicionales de sueño para enfrentar el nuevo día. El frío se cuela por las frazadas. Cierro los ojos con fuerza como si añadiendo más oscuridad se pudiese retrasar el canto de los gallos. Del fondo de la covacha se oye un ligero movimiento ocasionado por alguna mochila o el rozar de un edredón, seguido de una cantarina voz de mujer. Es María, la que todos los días, a la misma hora, anuncia en tono enérgico: ¡Arriba muchachos, que son las cuatro y media! Sigue leyendo

Mis palabras desconocidas

Por Edgard E. Murillo

¿Alguien recuerda cuál fue la primera palabra que buscó en el diccionario? ¿Habrá sido pastizal, dintel, augurio, neumonía? Imposible saberlo. Cuando me encuentro con una palabra que por más que quiera no logro entender, antes que descienda la curiosidad por su significado, entro a Google, la escribo en la barra de búsqueda, hago click y tres segundos más tarde aparecen las opciones de respuesta. Si la palabra satisfecha es de las que engancha, es muy posible que no la olvide. ¡Bendito Google y demás buscadores! ¡Cuántas angustias me hubiese ahorrado el internet de haber existido cuando mis huesos no habían dejado de crecer! Sigue leyendo

Por una América Central unida, otra vez

(foto de archivo) Filibusteros, durante la guerra civil de Nicaragua,  magazin 17,18.  LA PRENSA

Filibusteros, durante la Guerra Nacional de Nicaragua.

Por Edgard E. Murillo

Nuestras fiestas patrias tienen la característica que se celebran por partida doble. El 14 de septiembre por la Batalla de San Jacinto y el 15 del mismo mes por la independencia de la Corona de España. Este último evento no me emociona por dos motivos: porque no debimos disolver la Federación Centroamericana y porque de una dependencia pasamos a otra. Además, la independencia fue un suceso de escritorio, diferente a las luchas libertarias de Jefferson, Morelos, San Martin o Bolívar, por lo que el resultado pérdida-ganancia no alteró en lo sustancial las estructuras sociales coloniales. ¿Quiénes ganaron con la independencia de Centroamérica? Solamente los criollos hacendados. Sigue leyendo