La causa de los mártires

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Por Edgard E. Murillo

Los héroes mueren jóvenes, decían los griegos. Por eso los viejos podrán llegar a ser sabios, pero jamás héroes, no importa que en algún momento de sus vidas hayan realizado actos heroicos, pues la muerte prematura consagrada a una causa vale más que los infinitos méritos de los veteranos.

Ante la ruptura del ciclo natural de la vida, la humanidad desde tiempos homéricos ha entendido la sangre de los mártires como el sacrificio máximo respecto al cual debemos rendir el mayor de los honores. El mártir no dice: “voy a hacerme mártir”. Si el martirio acontece es porque su conducta, o más bien su decisión, exige una fidelidad más fuerte que el apego a la vida, como bien lo ha expresado Antonio M. Baggio, profesor de la Pontificia Universidad Gregoriana de Roma. Sigue leyendo

La culpa la tuvo el González

Por Edgard E. Murillo

No recuerdo cuántas veces fui al cine-teatro González, el que incineraron hace poco y lo declararon de utilidad pública. Calculo que entre 1982 y 1985 asistí a ese barco de fantasía unas cuarenta veces. Allí vi a la jovencísima Susan Sarandon frotarse los pechos con tapitas de limón, a Robert De Niro desguapar la cabeza de un traidor con un bate de beisbol y a Martin Sheen surcar un río vietnamita para eliminar al coronel Kurtz sin tener la sospecha que terminaría siendo como él. También presencié un concierto casi en vivo de Los Beatles. Digo casi porque solo faltaron los melenudos para que todo fuera real: gritos, cantos, histeria, en una palabra, beatlemanía. La película se llamaba Los Beatles en concierto y por varios abriles dicho evento constituyó mi mayor delirio psicosomático.    Sigue leyendo

Don Salomón se va al cielo

Por Edgard E. Murillo

El día de San Jorge, a la hora de la radionovela del mediodía, don Salomón, paciente de neumonía y abuelo materno de Hildebrando Ocaña, entró en agonía. Su hija Doris Leonor escurría una olla de frijoles cuando escuchó un lamento profundo; al principio pensó que se trataba de voces provenientes de la radionovela, pero al acercarse a su padre advirtió el cambio de respiración que los moribundos utilizan para emprender el último viaje.  La mujer dejó caer la olla y gritó a Hildebrando, hijo, tu abuelo se nos va. Sigue leyendo

Quise decir verbal

Por Edgard E. Murillo

En el enmarañado mundo de las relaciones interpersonales no son pocos los que confunden los goces sensuales con el amor. A mí me sucedió una vez lo contrario y fue suficiente para que desde entonces repensara las palabras antes de pronunciarlas, más si se está frente a un público con escasa voluntad analítica. La equivocación tuvo lugar la noche que embrollé la palabra verbal con oral. Como saben, los límites entre esas dos palabras son muy tenues, casi como la que existe entre cielo y arriba. Pero mejor leamos lo que sucedió, así ustedes me darán la razón o me expondrán en el paredón de los reproches. Sigue leyendo

Del agua surge el amor

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Por Edgard E. Murillo

La mujer asienta sus pies con prudencia sobre la arena y los guijarros; el hombre avanza un paso atrás observando la rabadilla de su acompañante que se sumerge lentamente en la laguna. Cuando están cubiertos hasta el cuello, ambos se observan a los ojos manteniendo una sonrisa que dice más cosas que las que pudieran decir las palabras. Se acercan, rozan sus pies y se besan, primero lentamente, después con la intensidad palpitante de la cercanía. En una movida audaz, la mujer rodea con sus piernas al hombre y éste la empuja hacia arriba aprovechando la ligereza de los cuerpos bajo el agua. Y de nuevo las miradas cómplices y las piernas que se trenzan, como si se tratase de dos frentes de batalla: la fragua de los besos en la superficie y el ejercicio de las caderas en la privacidad subacuática. El amor, acuoso y confabulado, se abre paso sin pudor. Sigue leyendo

¡Arriba, que son las cuatro y media!

 

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Por Edgard E. Murillo

Entreabro los ojos y según la disposición de ánimo me faltan dos o tres horas adicionales de sueño para enfrentar el nuevo día. El frío se cuela por las frazadas. Cierro los ojos con fuerza como si añadiendo más oscuridad se pudiese retrasar el canto de los gallos. Del fondo de la covacha se oye un ligero movimiento ocasionado por alguna mochila o el rozar de un edredón, seguido de una cantarina voz de mujer. Es María, la que todos los días, a la misma hora, anuncia en tono enérgico: ¡Arriba muchachos, que son las cuatro y media! Sigue leyendo

Mis palabras desconocidas

Por Edgard E. Murillo

¿Alguien recuerda cuál fue la primera palabra que buscó en el diccionario? ¿Habrá sido pastizal, dintel, augurio, neumonía? Imposible saberlo. Cuando me encuentro con una palabra que por más que quiera no logro entender, antes que descienda la curiosidad por su significado, entro a Google, la escribo en la barra de búsqueda, hago click y tres segundos más tarde aparecen las opciones de respuesta. Si la palabra satisfecha es de las que engancha, es muy posible que no la olvide. ¡Bendito Google y demás buscadores! ¡Cuántas angustias me hubiese ahorrado el internet de haber existido cuando mis huesos no habían dejado de crecer! Sigue leyendo

Rebobinando la revolución

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Por Edgard E. Murillo

Un escritor mexicano dijo (no digo su nombre porque no me consta que lo haya dicho) que en América Latina no ha habido revoluciones; sólo revueltas. Mentira. Aún tiemblo de emoción al leer el Estatuto Fundamental: “… Deróganse la actual Constitución Política y las Leyes Constitucionales… Declárase disuelta la Guardia Nacional de Nicaragua, la Oficina de Seguridad Nacional y el Servicio de Inteligencia Militar, y, en consecuencia, derogadas todas las leyes, reglamentos y ordenanzas que la gobiernan”. Eso sin mencionar la nacionalización de la banca, las minas y el comercio exterior, por citar la parte formal.

II

Lo mejor de la revolución fue la alfabetización, y en segundo lugar, la reforma agraria. Tanto la una como la otra preconfiguraron el  cambio del estado de cosas.

III

La urgencia por derrocar a Somoza y la fe de la mayoría de los combatientes, hizo del sandinismo un híbrido de nacionalismo, cristianismo comprometido y buscadores de la igualdad utópica. A otro con el cuento que este país fue comunista en el sentido marxista o peyorativo de la palabra. Sigue leyendo

El pueblo que sigo conociendo

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Por Edgard E. Murillo

Cierto día, en los lejanos años setenta, cuando las tardes tenían color naranja y las lluvias eran lluvias y nunca ejes de vaguada, iba rumbo a Juigalpa en una camioneta destartalada. Los hijos de unos vecinos eran niños exploradores y me habían invitado a un convivio scout en esa ciudad. Cerca de la entrada a Comalapa la camioneta corcoveó y se detuvo. Todos bajamos para estirar las piernas y buscar sombra, pero yo me quedé viendo el motor expuesto con el capó levantado, lo que para mí parecía la boca de un dinosaurio bostezando. Sigue leyendo

¡Por favor, señor cartero!

Por Edgard E. Murillo

Añoro el sobre cerrado, reconocer la letra del remitente, fijarme en la fecha de los sellos y en el diseño de las estampillas. Me gustaba darle vuelta al sobre, sentir su peso, buscar el lado preciso para romper cuidadosamente el borde. Extendida la página ante nuestros ojos, nos deleitábamos con el saludo, la caligrafía y la decoración de las páginas, si acaso la había. Es algo que ya no se disfruta en esta época donde las correspondencias epistolares dependen de la algoritmia, contraseña de por medio. Las cartas manuscritas, esas que estrujábamos por arrepentimiento de haberlas escrito, o para no dejar huellas, dicen adiós y ni tiempo nos ha dado para llorarlas como se merecen. Sigue leyendo