Los recuerdos no siempre recuerdan

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Por Edgard E. Murillo

En materia de confidencias no siempre recuerdo con quién y hasta dónde suelto la cuerda, por eso son muchos los que saben de mí y poco lo que sé de los demás, algo que no me inquieta demasiado, pues espero que estos tengan mala memoria o que la vida les haya arrugado la cabeza de tantas visiones y sueños logrados o truncados hasta confundir mi persona con un lejano pariente o alguien repasado en alguna conversación casual. Sin embargo, como explican los siguientes ejemplos, el tiempo produce efectos caprichosos que pueden desembocar en olvidos inexactos o recuerdos insospechados. Sigue leyendo

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Alfredo, el viajero

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Por Edgard E. Murillo

Sin repensarlo Alfredo se dio cuenta que estaba muerto desde que abrió los ojos. Habitaba en él una sensación similar al abandono, carente de centro de gravedad, diferente al sueño o al éxtasis sensual. Siempre le había perturbado la idea de cómo sería la muerte y ahora estaba ahí, ávido y solo, sin más cuestionamientos que la propia perplejidad. Lo cegó un resplandor, pero en lugar de caminar hacia él como dispone la leyenda urbana, hizo un rodeo para adentrarse en una escena cada vez más espaciosa, blanquísima, donde apenas se dejaba ver el piso para no perder el paso. Sigue leyendo

La joven y antigua catedral

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Por Edgard E. Murillo

Como muchos capitalinos nacidos en la segunda mitad de los años sesentas, fui bautizado en la antigua catedral por el párroco de la misma. Mi madre conserva la fotografía que capturó aquél dulce momento: ella, en sus veinte exactos, observa con carita asustada; mi madrina Conchita parece querer decir algo mientras el cura, un señor regordete que nadie ha podido decirme su nombre, pronuncia el rito dejando caer agua bendecida sobre mi lampiña cabecita; al fondo, a la derecha, sobresale la frente de mi padre, el que, a juzgar por la expresión de sus ojos, pareciera estar sonriendo. Sigue leyendo

De donde fue…

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Por Edgard E. Murillo

En Nicaragua hay dos maneras de dar direcciones: la convencional y la nica, predominando ésta sobre la primera. A un taxista no se le puede decir: “Lléveme al bloque tal de Monseñor Lezcano”, porque en seguida le responderá que por dónde es eso. Entonces lo correcto, claro y seguro es decirle: “Lléveme de donde fue el BANIC dos abajo”.

Cuando empecé a darme cuenta que los managuas decimos “de donde fue” creí que se debía a la pesadumbre provocada por el cataclismo de 1972. De donde fue la estación… De donde fue la iglesia San Antonio…  Pero no. Usamos la expresión como acto reflejo, pues hasta las referencias que sobrevivieron al terremoto ceden ante la tentación de la nostalgia. El cine Rex dejó de funcionar a inicios de los años noventa, mas sigue usándose como faro válidamente consentido: “De donde fue el cine Rex una cuadra al lago”. El donde fue encierra la añoranza de algo que no queremos que se vaya, y si por alguna razón se fue, que no se vaya para siempre; invocamos el donde fue no solo para repetir lo que se ha ido, sino para que regrese, irguiéndose cual mojón recordatorio capaz de soportar los embates del olvido, como si todas las veces que decimos de donde fue queremos también decir yo estuve allí.  Sigue leyendo

Los besos de Raquel

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La mañana del catorce de Abril, mientras se disponía  a tomar un baño, Raquel resolvió seguirle la pista a sus besos. Un sueño madrugador le había advertido que si todo deja un rastro, los besos con mayor razón podrían tener el privilegio de la memoria compartida. Creía que la importancia de los besos en los recuerdos de las personas no podía ponerse en tela de duda, que pocos se preguntaban acerca de las huellas invisibles que dejamos desde que aprendimos el uso de los labios para esos propósitos; tenía la convicción que con cada beso uno entrega un pedazo del alma, un mordisco de la existencia misma que se transfiere sin revocación. Sigue leyendo