Quise decir verbal

Por Edgard E. Murillo

En el enmarañado mundo de las relaciones interpersonales no son pocos los que confunden los goces sensuales con el amor. A mí me sucedió una vez lo contrario y fue suficiente para que desde entonces repensara las palabras antes de pronunciarlas, más si se está frente a un público con escasa voluntad analítica. La equivocación tuvo lugar la noche que embrollé la palabra verbal con oral. Como saben, los límites entre esas dos palabras son muy tenues, casi como la que existe entre cielo y arriba. Pero mejor leamos lo que sucedió, así ustedes me darán la razón o me expondrán en el paredón de los reproches. Sigue leyendo

Mis palabras desconocidas

Por Edgard E. Murillo

¿Alguien recuerda cuál fue la primera palabra que buscó en el diccionario? ¿Habrá sido pastizal, dintel, augurio, neumonía? Imposible saberlo. Cuando me encuentro con una palabra que por más que quiera no logro entender, antes que descienda la curiosidad por su significado, entro a Google, la escribo en la barra de búsqueda, hago click y tres segundos más tarde aparecen las opciones de respuesta. Si la palabra satisfecha es de las que engancha, es muy posible que no la olvide. ¡Bendito Google y demás buscadores! ¡Cuántas angustias me hubiese ahorrado el internet de haber existido cuando mis huesos no habían dejado de crecer! Sigue leyendo

De inicios atrapantes

don quijote

Por: Edgard E. Murillo

En las artes que tienen tiempo de duración, los inicios tienen que ser buenos tanto o mejor que los finales. De eso depende que uno se prenda o enganche de la obra. Paul McCartney no tenía sosiego porque no podía dar con el intro de una canción que acababa de componer para el Álbum Blanco hasta que John Lennon se sentó al piano y, en uno de sus arrebatos de genialidad soberbia, ejecutó las notas precisas para que Ob-La-Di-Ob-La-Da no fuese olvidada nunca. Sigue leyendo

El degenere del género

Por Edgard E. Murillo

Que alguien me de consuelo, por favor. Los niveles que tengo para soportar el abuso en contra de la lengua española están siendo rebasados. Ya no se trata de voces altisonantes o esporádicas, como las que provienen de la moda o del feminismo radical, sino que la embestida parece venir de todos los flancos, amenazando al español con demoler sus cimientos.

El asunto empezó con el desdoblamiento los/las, luego con la imposición de la arroba hasta volver insostenible la lectura, y ahora presenciamos escándalos lingüísticos que por decoro no podemos dejar de denunciar, como el político que dijo miembros y miembras. (Cuando escribí miembras en mi ordenador, un subrayado en rojo me dio la alerta, pero conste que jamás daré click en “Agregar al diccionario”) Sigue leyendo

Te voy a dar un beso en lo que es la boca

Beso-boca

Por Edgard E. Murillo

Si nos sobra curiosidad y fijamos la atención en algunas expresiones que la gente usa de forma normal y cotidiana nos daremos cuenta que la comunicación está invadida de clichés y dichos que abusan el buen sentido de los significados.

Algunas veces las repeticiones abusivas tienen un origen inocente, como cuando en los años cincuenta del siglo pasado a alguien se le ocurrió hacer un manual para las escuelas de comercio en el que para la redacción de memorandos se indicaba que el párrafo segundo invariablemente debía comenzar con un “No omito manifestarle…” A partir de ahí nadie “omite” decir que no omite manifestar cualquier cosa, lo que bien podría sustituirse con un sinónimo. Estoy hasta la coronilla de esa frase, cuando la leo inmediatamente la tacho con un grueso marcador azul y reprendo a quien la escribió. Sigue leyendo

El nicañol

nicañol

Por Edgard E. Murillo

Mi hermana Elena cuenta que cuando estudiaba en Barcelona una amiga italiana le pidió que le enseñara español. Mi hermana dijo que encantada pero inmediatamente sus compañeras de cuarto, una española y otra venezolana, hicieron coincidir su protesta: “Elena no habla español, habla nicaragüense”. Y es que las amigas y amigos hispanoparlantes de mi hermana gozaban con cada palabra nica que ésta pronunciaba. Calache, cipote, palmada, chachalaca, engomada y pijudo fueron engrosando poco a poco el vocabulario de sus condiscípulos en la mediterránea Cataluña. Sigue leyendo

¿Jugamos a las palabras?

palabras

Es bonito jugar el juego de las palabras porque se dejan hacer lo que uno se le antoja hacer con ellas. Jugando con ellas la gente nombra y eterniza, se abre y justifica, crea, rompe y se deleita. Me encanta conversar con la gente que juega con las palabras, que tropieza con ellas, las soba y las salva del tedio de la simple comunicación. La buena palabra tiene gracia. A propósito: en una película a Cantinflas le preguntan ¿Cuál es su gracia? Y él contesta: la facilidad palabra. Sigue leyendo