La culpa la tuvo el González

Por Edgard E. Murillo

No recuerdo cuántas veces fui al cine-teatro González, el que incineraron hace poco y lo declararon de utilidad pública. Calculo que entre 1982 y 1985 asistí a ese barco de fantasía unas cuarenta veces. Allí vi a la jovencísima Susan Sarandon frotarse los pechos con tapitas de limón, a Robert De Niro desguapar la cabeza de un traidor con un bate de beisbol y a Martin Sheen surcar un río vietnamita para eliminar al coronel Kurtz sin tener la sospecha que terminaría siendo como él. También presencié un concierto casi en vivo de Los Beatles. Digo casi porque solo faltaron los melenudos para que todo fuera real: gritos, cantos, histeria, en una palabra, beatlemanía. La película se llamaba Los Beatles en concierto y por varios abriles dicho evento constituyó mi mayor delirio psicosomático.    Sigue leyendo

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Los recuerdos no siempre recuerdan

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Por Edgard E. Murillo

En materia de confidencias no siempre recuerdo con quién y hasta dónde suelto la cuerda, por eso son muchos los que saben de mí y poco lo que sé de los demás, algo que no me inquieta demasiado, pues espero que estos tengan mala memoria o que la vida les haya arrugado la cabeza de tantas visiones y sueños logrados o truncados hasta confundir mi persona con un lejano pariente o alguien repasado en alguna conversación casual. Sin embargo, como explican los siguientes ejemplos, el tiempo produce efectos caprichosos que pueden desembocar en olvidos inexactos o recuerdos insospechados. Sigue leyendo

Del agua surge el amor

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Por Edgard E. Murillo

La mujer asienta sus pies con prudencia sobre la arena y los guijarros; el hombre avanza un paso atrás observando la rabadilla de su acompañante que se sumerge lentamente en la laguna. Cuando están cubiertos hasta el cuello, ambos se observan a los ojos manteniendo una sonrisa que dice más cosas que las que pudieran decir las palabras. Se acercan, rozan sus pies y se besan, primero lentamente, después con la intensidad palpitante de la cercanía. En una movida audaz, la mujer rodea con sus piernas al hombre y éste la empuja hacia arriba aprovechando la ligereza de los cuerpos bajo el agua. Y de nuevo las miradas cómplices y las piernas que se trenzan, como si se tratase de dos frentes de batalla: la fragua de los besos en la superficie y el ejercicio de las caderas en la privacidad subacuática. El amor, acuoso y confabulado, se abre paso sin pudor. Sigue leyendo

¡Arriba, que son las cuatro y media!

 

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Por Edgard E. Murillo

Entreabro los ojos y según la disposición de ánimo me faltan dos o tres horas adicionales de sueño para enfrentar el nuevo día. El frío se cuela por las frazadas. Cierro los ojos con fuerza como si añadiendo más oscuridad se pudiese retrasar el canto de los gallos. Del fondo de la covacha se oye un ligero movimiento ocasionado por alguna mochila o el rozar de un edredón, seguido de una cantarina voz de mujer. Es María, la que todos los días, a la misma hora, anuncia en tono enérgico: ¡Arriba muchachos, que son las cuatro y media! Sigue leyendo

Mis palabras desconocidas

Por Edgard E. Murillo

¿Alguien recuerda cuál fue la primera palabra que buscó en el diccionario? ¿Habrá sido pastizal, dintel, augurio, neumonía? Imposible saberlo. Cuando me encuentro con una palabra que por más que quiera no logro entender, antes que descienda la curiosidad por su significado, entro a Google, la escribo en la barra de búsqueda, hago click y tres segundos más tarde aparecen las opciones de respuesta. Si la palabra satisfecha es de las que engancha, es muy posible que no la olvide. ¡Bendito Google y demás buscadores! ¡Cuántas angustias me hubiese ahorrado el internet de haber existido cuando mis huesos no habían dejado de crecer! Sigue leyendo

Pink Floyd y el pulso del turco Iván

 

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Por Edgard E. Murillo

Hace muchos años hubo un radionoticiero vespertino que tenía por viñeta de presentación una canción que parecía una anti-canción. Las primeras notas me atrapaban por completo. Seguido de la alarma de un reloj despertador, caían los golpes continuos de un bombo que simulaba los latidos del corazón, lo que me producía una ansiedad que rozaba un gozo casi místico. Cuando el radionoticiero pasó a transmitirse por la noche, yo seguí escuchándolo, más por mi afición al intro que por el contenido del programa. Gracias a un casete que me regalaron el día que cumplí quince o dieciséis, supe que la canción se llamaba Time y que pertenecía a Pink Floyd, una banda que con el paso de los años me enseñaría más filosofía que el pesimismo de Schopenhauer. Sigue leyendo

Entre abogados te veas

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Por Edgard E. Murillo

Arribo al Juzgado media hora antes de la hora indicada para escuchar la lectura de sentencia. Presento al guarda de seguridad mi carnet, subo los escalones y me identifico de nuevo con la muchacha que coordina las salas de audiencias. Me hacen pasar por un pasillo mientras busco la sala número cuatro. Entro y tomo asiento. Examino el lugar con atención (Siempre hago eso, me gusta que todo esté limpio y en orden), estiro mis pies bajo el escritorio que han dispuesto para el demandante y husmeo en facebook si hay algún chiste. No encuentro ninguno, solamente fotos de platos de comidas y jaculatorias. Apago el celular. El secretario del despacho me pide también el carnet; lo mismo hace con mi contrario, que acaba de llegar. A los pocos minutos abre la puerta el titular del juzgado, quien va envuelto en una capa negra brillante. El juez echa una mirada rápida al recinto, susurra buenos días y pregunta si están las partes presentes.  Al ver que asentimos, da un golpe seco con un mazo de madera gastado en uno de sus bordes. Entonces da inicio a la lectura de la sentencia que pone fin a una demanda interpuesta por mi cliente. Hay expectación. Mucha expectación. Sigue leyendo

Los de afuera

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Por Edgard E. Murillo

A mediados de los años setenta una noticia fuera de lo común alborotó el país, y en especial el barrio donde este narrador vivía. Unos vecinos que estaban de paseo por Poneloya o Masachapa, no recuerdo el balneario, decidieron posar con el mar a sus espaldas para sacarse una foto familiar. Cuando revelaron las fotografías, arriba de sus cabezas felices, cruzando el cielo se veía una mancha difusa multicolor que todos, incluyendo un diario de circulación nacional, atribuyeron a un objeto volador no identificado. Ante el extraordinario hallazgo, mis vecinos se hicieron famosos, pues se trataba de una foto donde aparecía toda la familia sin excepción. Sigue leyendo

¡Por favor, señor cartero!

Por Edgard E. Murillo

Añoro el sobre cerrado, reconocer la letra del remitente, fijarme en la fecha de los sellos y en el diseño de las estampillas. Me gustaba darle vuelta al sobre, sentir su peso, buscar el lado preciso para romper cuidadosamente el borde. Extendida la página ante nuestros ojos, nos deleitábamos con el saludo, la caligrafía y la decoración de las páginas, si acaso la había. Es algo que ya no se disfruta en esta época donde las correspondencias epistolares dependen de la algoritmia, contraseña de por medio. Las cartas manuscritas, esas que estrujábamos por arrepentimiento de haberlas escrito, o para no dejar huellas, dicen adiós y ni tiempo nos ha dado para llorarlas como se merecen. Sigue leyendo

Los invito a leer

Por Edgard E. Murillo

Hace unos días intenté recordar el primer libro que leí de cabo a rabo. Descontando los textos ilustrados de la escuela y el libro de la Segunda Guerra Mundial que me regalaron por obtener las mejores calificaciones en el primer grado (hazaña que jamás repetiría), me parece que el primer libro “de verdad” que leí fue el pesado y aburrido Robinson Crusoe. Pesado y aburrido para un niño de nueve años, debo aclarar. Si de algo me sirvió fue para ponerle Viernes a Juan Pablo, un cantinero tuerto que conocí en los noventa, al cual solamente le faltaba el loro en el hombro. Sigue leyendo