Los invito a leer

Por Edgard E. Murillo

Hace unos días intenté recordar el primer libro que leí de cabo a rabo. Descontando los textos ilustrados de la escuela y el libro de la Segunda Guerra Mundial que me regalaron por obtener las mejores calificaciones en el primer grado (hazaña que jamás repetiría), me parece que el primer libro “de verdad” que leí fue el pesado y aburrido Robinson Crusoe. Pesado y aburrido para un niño de nueve años, debo aclarar. Si de algo me sirvió fue para ponerle Viernes a Juan Pablo, un cantinero tuerto que conocí en los noventa, al cual solamente le faltaba el loro en el hombro. Sigue leyendo

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Mi banda sonora

Por Edgard E. Murillo

Un día me puse a pensar en el soundtrack de mi vida, es decir, de aquellas canciones ligadas a eventos o situaciones dignas de recordación en cada una de mis edades. Tomé un lápiz y escribí rápidamente. Lo hice de una manera automática, fluida y de sopetón. Quise respetar el formato de las catorce canciones que contenían los LP para no hacer la lista muy extensa. Espero tengan la paciencia de leer cada comentario y ver cada video tanto como la tuve yo para vivir cada una de las canciones. Sigue leyendo

Ni con el pétalo de una rosa

Por Edgard E. Murillo

Hubo un tiempo que estuve tentado de organizar un comando especial para darle caza y castigo físico a los hombres que golpeaban a las mujeres. Pensé utilizar las mismas técnicas empleadas por el Mossad para capturar nazis en Argentina. La idea era localizar a los desgraciados y verguearlos con bates de beisbol del extranjero hasta dejarlos más para allá que para acá; sin embargo, después me pareció que estaría utilizando otro tipo de violencia, así que dejé de insistir en el proyecto con cierta añoranza. Busqué entonces otra forma de enfrentar el problema, pero nada podía sustituir un buen batazo en las costillas. ¿Qué hacer? Sigue leyendo

El pelón que quitaba el miedo

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Por Edgard E. Murillo

El sábado por la noche reacomodé los papeles de los archivos que tengo en casa, boté facturas viejas, encontré fotografías que ya no recordaba dónde las había guardado, hice carpetas desde la A hasta la Z; me detuve para leer una que otra anotación breve escrita en un cuaderno de apuntes: ideas fugaces, palabras desconocidas y fechas para hacer los pagos de los servicios; puse la radio (La programación a medianoche es mejor que la del día, talvez porque los locutores diurnos tienen buena voz pero pésimos gustos musicales); abrí las ventanas de par en par, revisé si los libros estaban en el orden establecido, los de derecho en medio, arriba los de literatura y a la izquierda los demás, todo perfecto; de pronto empezó a soplar un viento fresco del sureste que me obligó a poner pesas sobre los papeles; me fijé que había una retratera sin foto sobre el único librero que tiene vidrio, entonces saqué una fotografía de un álbum; no calzaba, saqué otra, esa sí; le había dicho a Jeanette meses atrás que me veía muy serio en esa toma, ella insistió que no, que también debería de mostrar de vez en cuando mi lado serio; le dije que mi lado serio era un poco risueño y ella estuvo de acuerdo. Encontré recortes de periódicos amarillísimos: un reportaje extenso sobre Rimbaud que El Nuevo Amanecer Cultural publicó en 1991; un artículo de marxismo antiestalinista escrito por Erick Aguirre de 1992 y el calendario de juegos del Mundial de Fútbol de 1994, entre otras perlas. Cogí un folder nuevo y los guardé todos allí. Algún día me servirán, me consolé. Sigue leyendo

Los caprichos de la casualidad

 

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Por Edgard E. Murillo

Si de casualidades hablamos, les voy a relatar el episodio que confirma que nuestro país es como un pañuelo doblado, donde todo mundo se conoce. Pido disculpas si me faltan detalles; he tratado de ajustar los hechos tal cual sucedieron tomando en cuenta la virtud que tenemos de obviar ciertas verdades para darles paso a otras aleccionadas por la añoranza. Ustedes me entienden. Vamos que empiezo.

La burbuja que envolvía mi niñez se estremeció por la llegada al vecindario de una familia proveniente de la lejana Somoto. Mis amigos me avisaron que entre los inquilinos había tres niñas preciosas, y claro, me apuré en escoger la mía antes que se me adelantaran. Para no complicar mi existencia elegí a la menor de ellas, porque aparte de ser la más bonita tenía pecas en la cara y eso era un indicativo que podría tratarse de una extranjera, gitana quizás. Supe que se llamaba Cintya y empecé a tratarla como tal, es decir, como Cintya y como mi novia; Carlos se emparejó con la vieja de trece años que se llamaba Casandra y Javier se avino con la de en medio de nombre Ana Rosa, conocida por sus nombres invertidos — Rosa Ana —, pero ella insistía con obstinación en llamarse Roxana, porque la equis le hacía sentirse especial. Sigue leyendo

Elvis y la teacher

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Por Edgard E. Murillo

El colegio donde estudié desde el segundo grado en adelante había quedado colindante con la zona cercada definida a raíz de la sacudida de aquel diciembre que borró para siempre la entonces capital más bonita de Centroamérica. Afortunadamente los daños a la estructura fueron parciales, lo que permitió que la matrícula escolar del 73 se trasladara provisionalmente a Masaya, a diferencia del Goyena o el Pedagógico que tuvieron que construir nuevas instalaciones fuera del área terremoteada. Como ingresé un año después del seísmo todavía había muchos edificios derruidos a los cuales penetraba con mis amigos después del timbre de salida en busca de muertos y tesoros soterrados, cosa que molestaba sobremanera a míster Wilson, el director, quien a veces nos perseguía entre los escombros sin darnos alcance.  Sigue leyendo

Música fechada

Por Edgard E. Murillo

Sin la música la vida no tendría sentido, fuera hueca y solemnemente aburrida, incluso peligrosa; el maestro Tchaikovski dijo que si no fuera por la música habría más razones para volverse loco.  La música es connatural al género humano, me atrevería a decir que seguramente jugó un papel decisivo en el proceso evolutivo. Descendemos del primer mono que se puso a bailar cuando le encontró ritmo de cintura a los silbidos. Sigue leyendo

No hay permanencia voluntaria

Por Edgard E. Murillo

Cuando tenía siete años mi madre me llevó al cine a ver una película china desarrollada en las callejuelas de Hong-Kong donde unos chinos malos vestidos de negro intercambiaban patadas con otros chinos buenos vestidos de blanco. El personaje principal – Chang – era un chaparro achinado que montaba una motocicleta acompañado de una china con trenzas que también sabía volar patadas. Cada vez que Chang iba a entrar en bronca su novia le amarraba una cinta en la frente mientras sonaba una canción de Santana que decía: Oye cómo va, mi ritmo, bueno pa’ gozar, mulata. No recuerdo si hubo otra presentación en el matiné de ese sábado puesto que las películas chinas tenían la virtud de opacar cualquier otra que se pusiera en doble cartelera junto a ellas. Lo que sí recuerdo es que pedí a mis padres que me matricularan en una escuela de karate, la que abandoné pronto porque el profesor no tenía la bravura de Chang, ni abanicaba las patadas como él, ni mucho menos sabía andar en moto. Sigue leyendo

Nunca dejé de quererla

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Por Edgard E Murillo

Debió ser hace unos diez o doce años cuando creí empezar a querer la ciudad donde dejé el ombligo. Todo empezó la tarde en que caminaba empapado de sudor por el barrio San Luis, poco antes de avistar un incendio cerca de los semáforos de Larreynaga. Acababa de salir de la casa de un amigo, a quien consolaba por la pérdida del cidí Pulse de Pink Floyd. Yo le decía que un disco con una lucecita roja intermitente (el primero en su género) no se podía perder como si la noche. Lo dejé revolviendo toda su casa en busca del tesoro y yo me fui a pie hasta la mía bajo el anaranjado sol de Semana Santa. Sigue leyendo

Lapsus machinae

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Por Edgard E. Murillo

De niño padecí de forma ocasional de un extraño síndrome que consistía en confundir algunas palabras que leía; por ejemplo, cerca de la casa de mi tía Nena, sobre la 35 ave. N.O.,  había un letrero que decía “alimentos balanceados”, el que leía invariablemente como “alimentos balaceados”. Yo suponía que los alimentos los agarraban a balazos por alguna razón, talvez para triturarlos y dárselos a las aves. Para asegurarme que no era un error, cada vez que pasaba por donde estaba el letrero lo leía despacio, pero de nada servía, ¡allí siempre decía “balaceados”! No había manera de leer otra cosa. Tiempo después me pasó con algotras palabras pero conforme los años pasaron las confusiones  fueron cesando por divina providencia. Refiero esto porque ayer una compañera de trabajo rió a carcajadas cuando contó que había leído incorrectamente un letrero recién puesto en la oficina. El letrero dice: “Ruta de evacuación”, pero ella jura y perjura que leyó: “Ruta de eyaculación”. Sigue leyendo