Ciclos

Por Edgard E. Murillo

El tiempo, esa quimera que el ser humano se ha inventado para darle sentido de finitud a las cosas, también nos seduce para crear ciclos, no importa las veces que estos se repitan. Cada inicio de año relanzamos el arsenal de promesas que, de manera consciente o displicente, no pudimos cumplir el año anterior, jurando que el año que empieza verá coronar nuestros esfuerzos. Gracias a ese artificio burlamos el aburrimiento y nos permite corregir el rumbo, según nosotros, pero sobre todo nos hace sentir nuevecitos y dueños de las mejores intenciones con la creencia que podemos subir cualquier montaña no importa el tamaño. Es tan agradable esa sensación que aun sabiendo que no podrá mantenerse por mucho tiempo, nos damos a la tarea de inventariar, presupuestar, renovar y proyectar incluso los detalles más intrascendentes. Es un sentimiento parecido al que experimentábamos de pequeños cuando asistíamos a la escuela la primera semana de clases y escribíamos con primor, con letra grande y clara, más bonita que la que hacía la profesora de gramática; o cuando empezábamos los noviazgos y dábamos la mejor versión de nosotros mismos hasta que desistíamos de la perfección para no caer en la cursilería. Sigue leyendo

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Depende del lugar donde estemos

Por Edgard E. Murillo

En días recientes he recordado una frase que Federico Engels pronunció en el funeral de su amigo, el barbudo de Tréveris, precisamente atribuyendo a éste su autoría. Decía que el hombre necesita en primer lugar, comer, beber, tener un techo y vestirse antes de poder hacer política, ciencia, arte y religión. En otras palabras, este enfoque marxista no es más que la apología de barriga llena, ideas contentas; enfoque que a mi parecer estamos todos de acuerdo. Sigue leyendo

Pestañas quemadas

Por Edgard E. Murillo

“Yo me quemé las pestañas estudiando”. Esa frase la hemos escuchado infinidad de veces. Bien se nos ocurre que las pestañas podrían tomar fuego, no por el tiempo prolongado de consagración a la lectura, sino porque antes de la invención del bombillo eléctrico la gente leía por las noches muy cerquita de las velas o los candiles encendidos, lo que en ocasiones derivaba en sombreros y mechones de cabello chamuscados.
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Ya estamos de vuelta

Por Edgard E. Murillo

Entre la última entrada y la que leen ahora transcurrió más de un mes. El impasse se debió a varias razones (Aquí he tenido que hacer un alto para decidir si escribir las razones o simplemente callar para no caer en confesiones innecesarias, inclinándome por lo segundo). Sin embargo, hubo dos aspectos adicionales que ralentizaron el ritmo acostumbrado: las noticias sobre los desastres naturales y las amenazas de guerra. Las unas externas, ajenas e impredecibles; las otras, tan nuestras y perfectamente evitables, que apenas nos distinguen de los animales imposibilitados para hablar. Así que dediqué varias horas de mi tiempo libre viendo las labores de rescate en la CDMX tras un terremoto de 7.1  y la guerra de tapas entre dos presidentes, tan bruto uno como el otro, mientras huracanes encadenados azotaban el Caribe y en todo el mundo se atiborraban las salas de cine para seguir a un payaso que aterroriza el pequeño pueblo de Derry. Sigue leyendo

Creer o no creer, esa no es la cuestión

 

Por Edgard E. Murillo

La tradición procesional de las fiestas patronales de Managua, con todo lo que le es propio o subordinado, ajeno o intrínseco, como son los negritos embadurnados de aceite negro, las bandas chicheras y el guaro embrutecedor, me ponen a pensar acerca de la conveniencia de la existencia de Dios y el desenlace de esas prácticas de jolgorio y fe, no solo en Nicaragua, sino en todo el mundo cristiano. Tomo el ejemplo de Santo Domingo, no porque sea mejor o peor que otras celebraciones, sino porque nuestros temores y dudas existenciales, valga la perogrullada, se repiten de generación en generación, diluyéndose, transformándose o sustituyéndose por otras prácticas que tienen como propósito el alivio de nuestras penas por el paso en el tercer planeta del Sistema Solar. Entonces es cuando veo al Káiser, mi perro más joven, y me pregunto ¿Será dicha o tuerce que los animales no profesen alguna religión? ¿Será que ellos sí conocen la felicidad porque no se preguntan si hay vida después de la muerte? Me río de estas preguntas y encuentro el consuelo en mis pensamientos. Pienso, luego existo, como dijo el filósofo; en cambio el káiser, existe aunque no tenga capacidad de pensar. Sigue leyendo

La causa de los mártires

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Por Edgard E. Murillo

Los héroes mueren jóvenes, decían los griegos. Por eso los viejos podrán llegar a ser sabios, pero jamás héroes, no importa que en algún momento de sus vidas hayan realizado actos heroicos, pues la muerte prematura consagrada a una causa vale más que los infinitos méritos de los veteranos.

Ante la ruptura del ciclo natural de la vida, la humanidad desde tiempos homéricos ha entendido la sangre de los mártires como el sacrificio máximo respecto al cual debemos rendir el mayor de los honores. El mártir no dice: “voy a hacerme mártir”. Si el martirio acontece es porque su conducta, o más bien su decisión, exige una fidelidad más fuerte que el apego a la vida, como bien lo ha expresado Antonio M. Baggio, profesor de la Pontificia Universidad Gregoriana de Roma. Sigue leyendo

Esta entrada es a propósito

Por Edgard E. Murillo

Cuando el calor del verano uniforma el cielo, y todo cuanto está debajo de él, pienso en cosas que no suelo pensar de ordinario: que si se detiene de repente la Tierra nos jodemos todos; que si las estrellas no sean más que luciérnagas gigantes que Dios utiliza para reírse de nosotros; que si a lo mejor ya he muerto varias veces, porque nadie sabe lo que es morirse. Cosas así. Son pensamientos fugaces pero recurrentes durante los meses de marzo y abril. Sigue leyendo

Los recuerdos no siempre recuerdan

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Por Edgard E. Murillo

En materia de confidencias no siempre recuerdo con quién y hasta dónde suelto la cuerda, por eso son muchos los que saben de mí y poco lo que sé de los demás, algo que no me inquieta demasiado, pues espero que estos tengan mala memoria o que la vida les haya arrugado la cabeza de tantas visiones y sueños logrados o truncados hasta confundir mi persona con un lejano pariente o alguien repasado en alguna conversación casual. Sin embargo, como explican los siguientes ejemplos, el tiempo produce efectos caprichosos que pueden desembocar en olvidos inexactos o recuerdos insospechados. Sigue leyendo

¿Inmortal? No, gracias

Por Edgard E. Murillo

Hoy por la mañana lo primero que pensé al abrir los ojos fue que a la eternidad se le antoja manifestarse de diferentes maneras, pero por muy breves momentos. Puede ser capturada en un inesperado suspiro, en el trinar de un pájaro dominguero, en el olor a tierra mojada e incluso en cosas que nada tienen que ver con el tiempo, porque si uno piensa en medidas temporales la sensación de continuidad ad perpetuam se descalabra y degenera en asunto de efímera existencia. No vaya a creerse, sin embargo, que las eternidades surgen cuando uno quiere. A veces ni siquiera nos damos cuenta. Suele ocurrir que un instante perpetuo se nos escurra de las manos cuando creíamos tenerlo de los pelos y no hay cosa más difícil que recuperarlo o que se repita con solo anhelarlo. Convertirse en cazadores de eternidades es lo más tenaz de este mundo.  Sigue leyendo

De muchacho a señor

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Por Edgard E. Murillo

La vida pasa demasiado rápido, y adquiere velocidad, sabrá Dios por qué, en la medida que vamos acumulando años. Seguramente esto sea un asunto de perspectiva. Al ampliarse el horizonte vital como que el tiempo se dilata o difumina, superponiéndose nombres, eventos, lugares y personas. De ahí que los niños midan su tiempo en días y los adultos en años.

Cuando era impúber me preguntaba qué es lo que pensaba don José, el anciano carpintero del callejón, cuando sonreía sentado en una silla mecedora en el porche de su casa, cobijado por las hojas tricolores del almendro que infiltraban el resplandor de las tres de la tarde. Yo bromeaba: “Seguramente se está acordando de todas sus bandidencias”. No había otra cosa qué suponer porque loco no estaba. Entonces yo ni imaginaba que cumpliría los cuarenta años, eso era tan remoto como que algún día tendría un teléfono-computadora que alcanzara en la bolsa de mi camisa. Sigue leyendo