Del agua surge el amor

posiciones-sexuales-en-la-playa-en-el-agua

Por Edgard E. Murillo

La mujer asienta sus pies con prudencia sobre la arena y los guijarros; el hombre avanza un paso atrás observando la rabadilla de su acompañante que se sumerge lentamente en la laguna. Cuando están cubiertos hasta el cuello, ambos se observan a los ojos manteniendo una sonrisa que dice más cosas que las que pudieran decir las palabras. Se acercan, rozan sus pies y se besan, primero lentamente, después con la intensidad palpitante de la cercanía. En una movida audaz, la mujer rodea con sus piernas al hombre y éste la empuja hacia arriba aprovechando la ligereza de los cuerpos bajo el agua. Y de nuevo las miradas cómplices y las piernas que se trenzan, como si se tratase de dos frentes de batalla: la fragua de los besos en la superficie y el ejercicio de las caderas en la privacidad subacuática. El amor, acuoso y confabulado, se abre paso sin pudor. Sigue leyendo

La fuga de Agnette

Por Edgard E. Murillo

Sobre el pasillo lúgubre presurosa camina Agnette. Lleva a flor de labios avemarías, jaculatorias y carmín. Sudorosa, tiembla de ansiedad, como si fuese a presenciar el estreno de una película donde ella debuta como actriz estelar. Vuelve la mirada hacia el zócalo cubierto de hojas que se desparraman sobre los escalones que bajan a un rellano empedrado, donde se detiene a tomar aire y reprimir los sollozos. ¡Qué bello este lugar! Sigue leyendo

Lo que Keyla se llevó

sexy_feet_wine_bottle

Por Edgard E. Murillo

Esa noche cayó la primera lluvia fuerte. La escorrentía había lengüeteado las calles tornándolas brillantes y acaso por esa razón podría decirse que el cielo no estaba del todo oscuro. En un callejón que daba a un estacionamiento, tras una valla metálica, sobresalía la casa donde Keyla había citado a Bruno con tres días de anticipación.

Bruno Castillo arribó a las seis menos diez en su Tercel del 98 y corrió hasta el porche porque aun lloviznaba. Después de secarse la cabeza con una toalla que le había pasado Keyla, el hombre deambuló unos minutos por la sala, viendo a través de las ventanas y anunciando que la noche prometía estar metida en agua y de otras cosas. Keyla lo besó. Sigue leyendo

El pelón que quitaba el miedo

27deb61c6c6c97a9eef1f7778556f269

Por Edgard E. Murillo

El sábado por la noche reacomodé los papeles de los archivos que tengo en casa, boté facturas viejas, encontré fotografías que ya no recordaba dónde las había guardado, hice carpetas desde la A hasta la Z; me detuve para leer una que otra anotación breve escrita en un cuaderno de apuntes: ideas fugaces, palabras desconocidas y fechas para hacer los pagos de los servicios; puse la radio (La programación a medianoche es mejor que la del día, talvez porque los locutores diurnos tienen buena voz pero pésimos gustos musicales); abrí las ventanas de par en par, revisé si los libros estaban en el orden establecido, los de derecho en medio, arriba los de literatura y a la izquierda los demás, todo perfecto; de pronto empezó a soplar un viento fresco del sureste que me obligó a poner pesas sobre los papeles; me fijé que había una retratera sin foto sobre el único librero que tiene vidrio, entonces saqué una fotografía de un álbum; no calzaba, saqué otra, esa sí; le había dicho a Jeanette meses atrás que me veía muy serio en esa toma, ella insistió que no, que también debería de mostrar de vez en cuando mi lado serio; le dije que mi lado serio era un poco risueño y ella estuvo de acuerdo. Encontré recortes de periódicos amarillísimos: un reportaje extenso sobre Rimbaud que El Nuevo Amanecer Cultural publicó en 1991; un artículo de marxismo antiestalinista escrito por Erick Aguirre de 1992 y el calendario de juegos del Mundial de Fútbol de 1994, entre otras perlas. Cogí un folder nuevo y los guardé todos allí. Algún día me servirán, me consolé. Sigue leyendo

Amores mojados (Antiaforismos II parte)

Por Edgard E. Murillo

Los suspiros son las excusas que el cuerpo utiliza para seguir pasándola bien.

El sexo es más agua que fuego.

El único momento en que nuestro cuerpo no nos lleva la contraria es cuando estamos enamorados.

Quien se re-enamora alcanza a ver más allá de lo que antes creía era el horizonte.

Cuando Eva ofreció a Adán la manzana, le estaba insinuando la redondez de sus pechos; pero el primer hombre no entendió la seña. Sigue leyendo