Sábado de noche

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Por Edgard E. Murillo

Son las siete y treinta de la noche en algún lugar de Bello Horizonte. Un músico charro ofrece melodía de su acordeón, le digo cortésmente que no, aunque quiero decirle que cómo se le ocurre que voy a escuchar una canción si no estoy acompañado ni acavangado. Sale una muchacha alta con blusa pequeña que desvela su ombligo y unas estrías en su costado derecho (no le pude ver el izquierdo); una joven vestida de traje bancario estornuda tres veces sin decir gracias después de varios “salud” mientras los meseros deambulan a paso doble haciendo equilibrio con las bandejas. Entra un tipo con un tatuaje en el brazo que dice Matilde. Pobre Matilde, su nombre anda haciendo el ridículo en un brazo peludo. Hace su Sigue leyendo