Cuarto de lavandería

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Por Edgard E. Murillo

Al Poniente de la ciudad, en un llano pedregoso donde parecía que nunca llegarían a crecer árboles de mediano tamaño, se encuentra el Convento de Santa Teresa. Construido a mediados del siglo pasado, fue uno de los referentes arquitectónicos más sobresalientes de la Vieja Managua. Además de las internas,  por allí pasaron más de cuatrocientos alumnos de ambos sexos. Durante lo que podríamos llamar la “edad de oro” del convento, todo el segundo piso y la sección de la planta baja que colindaba con la capilla lo ocupaban los dormitorios de las novicias; el tercero estaba destinado a los talleres de corte y confección, aunque después del terremoto quedó abandonado debido a fallas en el sistema de drenaje. La forma rectangular del edificio permitió que en su interior se levantara una fuente donde caimanes de cemento brotaban eternamente agua de sus narices. Arriba, en el último y cuarto piso, cortado por un balcón de madera, sobre el estrecho pasillo de mosaicos, se llegaba a una puerta doble con ventanas de vidrio. Allí estuvo, por muchos años, el cuarto de lavandería. Sigue leyendo

La joven y antigua catedral

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Por Edgard E. Murillo

Como muchos capitalinos nacidos en la segunda mitad de los años sesentas, fui bautizado en la antigua catedral por el párroco de la misma. Mi madre conserva la fotografía que capturó aquél dulce momento: ella, en sus veinte exactos, observa con carita asustada; mi madrina Conchita parece querer decir algo mientras el cura, un señor regordete que nadie ha podido decirme su nombre, pronuncia el rito dejando caer agua bendecida sobre mi lampiña cabecita; al fondo, a la derecha, sobresale la frente de mi padre, el que, a juzgar por la expresión de sus ojos, pareciera estar sonriendo. Sigue leyendo

El arte que nos dejó la Guerra Fría

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Por Edgard E. Murillo

En la Nicaragua provinciana, allá por la Semana Santa de 1962, la orquesta Los Solistas del Terraza lanzó a las hertzianas una canción que tenía por título Gagarin. Supe de la tonada por medio de mi padre, quien la tarareaba cuando el cielo nocturno se prendía de estrellas.

Por muchos años creí que se trataba de alguna broma de mi progenitor, pues ninguna persona me confirmaba la existencia de la cancioncita, hasta que un buen día, para tranquilidad mía, la encontré en Youtube. Al fin pude escuchar una de las primeras participaciones artísticas pinoleras acerca de una guerra que recién arrimaba a este lado del Atlántico, y nada mejor que hacerlo diciéndole a los rusos que la hazaña de su mimado cabía mejor en un danzón que en una revista científica.    Sigue leyendo

Mi banda sonora

Por Edgard E. Murillo

Un día me puse a pensar en el soundtrack de mi vida, es decir, de aquellas canciones ligadas a eventos o situaciones dignas de recordación en cada una de mis edades. Tomé un lápiz y escribí rápidamente. Lo hice de una manera automática, fluida y de sopetón. Quise respetar el formato de las catorce canciones que contenían los LP para no hacer la lista muy extensa. Espero tengan la paciencia de leer cada comentario y ver cada video tanto como la tuve yo para vivir cada una de las canciones. Sigue leyendo

Nunca dejé de quererla

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Por Edgard E Murillo

Debió ser hace unos diez o doce años cuando creí empezar a querer la ciudad donde dejé el ombligo. Todo empezó la tarde en que caminaba empapado de sudor por el barrio San Luis, poco antes de avistar un incendio cerca de los semáforos de Larreynaga. Acababa de salir de la casa de un amigo, a quien consolaba por la pérdida del cidí Pulse de Pink Floyd. Yo le decía que un disco con una lucecita roja intermitente (el primero en su género) no se podía perder como si la noche. Lo dejé revolviendo toda su casa en busca del tesoro y yo me fui a pie hasta la mía bajo el anaranjado sol de Semana Santa. Sigue leyendo