Nuestro río San Juan

Por Edgard E. Murillo

Déjenme decirles que conocí el río San Juan cuando ya mis huesos habían decidido no seguir creciendo. Durante mi primera juventud varias veces acaricié la idea de visitar San Carlos navegando desde San Jorge pero nadie me hizo campaña en serio  para realizar la aventura. Cuando terminaron de construir la carretera que une Acoyapa con San Carlos me quedé sin excusas para seguir postergando la gira al único departamento del país que me faltaba por conocer. Hasta hace poco llegar a San Carlos por tierra era algo así como subir a la luna con una escalera de mano. Los pegaderos eran terribles debido a las lluvias eternas que mantenían hecho chicle el suelo. En ocasiones recorrer cincuenta kilómetros podía llevarse todo el día. Hoy es cuestión de pocas horas y si usted viaja temprano puede darse el gusto de apreciar bandadas de monos que suben a los árboles a ambos lados de la carretera cerca del empalme de Morrito.  San Carlos, que por años fue un pueblo olvidado, experimenta hoy por hoy un impulso inusitado en el rubro del turismo. El reciente y pintoresco malecón amparado por el antiguo fuerte cuyos cañones apuntan hacia el inicio del río, las sinuosas y empedradas calles, el parque remozado y la apertura de pequeños restaurantes, obsequian al visitante experiencias difíciles de olvidar.

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Pero si de experiencias inolvidables hablamos nada mejor que madrugar para partir a El Castillo situado a muchas millas río abajo. Recomiendo comprar los boletos un día antes puesto que las embarcaciones zarpan a las seis en punto de la mañana. No olviden por nada del mundo llevar una buena cámara fotográfica y un capote para protegerse de las lloviznas y el sol que se alternan a capricho. Esta pequeña embarcación, cobijada por una bruma lluviosa, abandona el muelle de San Carlos y se interna en el majestuoso río San Juan, el famoso y mítico Desaguadero.

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Cuando se navega sobre el río San Juan el tiempo se vuelve huloso y casi surreal. Por momentos no hace falta ni hablar y si uno lo hace, lo hace quedito, como no queriendo despertar la impresionante belleza que invade todos los sentidos. Hay tramos que están idénticos a como los contó Squier: “…Cuelgan largas lianas o bejucos, como cables suspendidos de las ramas más altas de los árboles, que sirven a su vez de apoyo a racimos de plantas parásitas encendidas de alegres flores. A medida que el viajero avanza, observa que las riberas se hacen aún más bajas y que los árboles del bosque, ahora de menor tamaño, alternan con palmeras de hojas finas como plumas, que gradualmente usurpan las orillas con sus elegantes penachos, desterrando otras formas vegetales… Los arroyos que abajo serpentean son oscuros y lentos – madriguera propia para lagartos y otros monstruos impuros –  como aquellos que hicieron detestable el período Sáurico…”

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Sobre la ribera sur del río aparecen pequeñas fincas engalanadas por el verdor abundante y la brevedad de sus estilos. También algunos hoteles de montaña que sorprenden al visitante. A poco de hacer escala en Boca de Sábalos, caserío semejante a cualquiera de la Amazonía y donde el río adquiere un tono pasmosamente oscuro, la embarcación retoma su curso y se dirige a nuestro destino, el municipio donde se alza el castillo de la Inmaculada Concepción, muy conocido por los nicaragüenses gracias a la hazaña de la jovencita Rafaela Herrera que a punta de cañonazos rechazó la penetración de piratas ingleses en el siglo XVIII.

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Por el río San Juan navegaron cuantiosas fortunas, embarcaciones piratas, comerciantes de añil y cacao, aventureros, diplomáticos y buscadores de oro. Solamente el tiempo en que operó la Compañía de Tránsito de Cornelius Vanderbilt, a mediados del siglo XIX, se calcula que transitaron sobre el río más de cien mil personas. La Guerra Nacional, primero, y la construcción del Canal de Panamá, después, devolvieron la tranquilidad al río puesto que se desistió de la idea de ocuparlo como ruta hídrica para un canal interoceánico.  El poblado de El Castillo esconde mucho de la Nicaragua decimonónica a no ser por los pequeños hoteles que están montados sobre los raudales. Es un perfecto lugar para abandonarse al ensueño y la contemplación.

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Los raudales están situados frente al poblado de El Castillo. Es la interrupción natural del caudal del río donde las embarcaciones tienen que detener momentáneamente su paso, sea que se dirijan al interior del país o al Mar Caribe. (Fue por eso que la Corona Española eligió ese sitio para construir la fortaleza que impediría el paso de fuerzas enemigas). La próxima vez haré la travesía en noche atrevida de luna hermosa, partiendo de Granada para arribar antes del amanecer a San Carlos. No me aguanto las ganas de apreciar los perfiles del par de sombreros que se levantan altivos sobre el agua plateada: los inéditos e insulares Concepción y Maderas. Sin duda será otra experiencia maravillosa.

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